EDITORIAL

El pensamiento y el sentimiento propios de esta publicación periodística


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Pete Hegseth, el Fiel Representante de la Soldadesca en la Guerra

Para acercarnos a su imagen, debemos comenzar por decir que es el Secretario de Guerra (antiguamente de “Defensa”) de los Estados Unidos. Siempre aparece al lado de Marco Rubio, el secretario de Estado, y detrás de su amadísimo jefe e ídolo impenitente, Donald Trump. Nunca sonríe, nunca esboza una insignificante mueca facial siquiera, porque ese no es “su estilo.” Muchas personas con quienes hemos conversado sobre él, nos han dicho que se lo imaginan, siempre que aparece ante las cámaras de la televisión, con una capucha y una sábana blanca sobre su cuerpo y una cruz de madera consumida por el fuego, a sus espaldas.

            Y la verdad, esas personas no andan muy distantes en su imaginación, porque este sujeto es representante fiel de esos estadounidenses supremacistas, para quienes la raza blanca es lo primero, lo único y lo que verdaderamente tiene valor sobre la superficie de la Tierra. Y, si en una oportunidad los norteamericanos buscaron a un individuo idóneo, totalmente comprometido con el Pentágono y sus acciones internacionales, su guerrerismo sin cuartel en cualquier parte del planeta, ahora mismo lo tienen allí en su Despacho, en medio de figuritas bélicas (cañones, aviones, carros de combate diversos), que adornan su escritorio y demás muebles. Porque la verdad es una: Hegseth no concibe un solo día de su vida en el que no se haya disparado un misil o un bombardero no haya destruido una comarca entera. Él es para la guerra y su mundo sólo contempla la guerra.

            Y para formarnos una idea más precisa de lo que hay en su cerebro, personeros de la UNESCO, hace escasos días, le manifestaron que debería respetar y preservar el patrimonio histórico de Irán, que data de miles de años atrás y es un verdadero e incalculable tesoro que no solo pertenece a los iraníes (persas), sino a la humanidad entera; y la respuesta de Hegseth, el flamante secretario de Guerra de los Estados Unidos fue la que esperábamos, pues no es impredecible en sus argumentos: “La guerra no puede limitarse por esas estupideces.” Eso es justamente lo que anida en su reducida “masa pensante” y que no es otra cosa que una preocupante incultura que es capaz de arrasar con todo lo valioso que se le ponga enfrente.

            En otras palabras, para este supremacista blanco, con su dorso completamente tatuado con cruces alegóricas a la corriente que sigue y profesa, la historia, el legado de las culturas antiguas, la arquitectura irrepetible y las corrientes que han marcado el derrotero del hombre sobre la faz de la Tierra, valen menos que un cigarrillo de marihuana, que con toda seguridad degusta con sus piernas subidas en su escritorio, una tarde cualquiera. Porque eso es también Pete Hegseth… un consumidor de sustancias y yerbas prohibidas, según declaraciones suyas vertidas en una entrevista televisada, algún tiempo atrás. Un “hipopótamo suelto y asustado en medio de un museo de cristal.” Ese es el secretario de Guerra, en quien confía su no menos inculto jefe e ídolo, Donald Trump, para que destruya todo lo que hay que destruir en Oriente Próximo, desde escuelas atestadas de niñas iraníes hasta indefensas barcazas que navegan por el Golfo Pérsico. Ellos dos, junto a su no menos criminal amiguete, el dictador de Israel, Benjamín Netanyahu. Es la soldadesca, las hordas, en su máxima expresión.

            No nos queda la menor duda: transitamos por una época particularmente sangrienta, atenazada por las garras de esos sujetos sin moral, con pasado tenebroso y que deberían estar detrás de los barrotes de sus celdas en una penitenciaría y nunca en la sede del gobierno israelí y mucho menos al frente del Pentágono y de la Casa Blanca.

            En retorno a la personalidad genocida de Hegseth, a este tipo le da lo mismo pulverizar al Coliseo romano en el corazón de Italia, como acabar con la elegante estructura gótica de la Catedral de Colonia, en Alemania. Todo lo hermoso, lo estético, lo que hemos heredado, como humanidad entera, de un pasado glorioso, para él son simplemente “estupideces.” Lo importante para él son los misiles y su estallido, los cuerpos humeantes de iraníes, palestinos y todo lo que se mueva en las regiones de Oriente Próximo, “porque para eso he nacido, para eso existo y para eso estoy aquí en el Pentágono, para seguir las órdenes de mi amado jefe, Donald Trump”, ha dicho, y Trump existe para servir a su “marionetero”, el judío genocida Benjamín Netanyahu, quien mueve los hilos del presidente de los Estados Unidos cuando le place y con el mayor deleite. Así estamos hoy mismo y eso es lo que nos dejan ver y escuchar los actuales gobernantes de las superpotencias.

            En tal caso, aquellos que creímos una vez que “todo lo habíamos visto ya” durante nuestras andaduras por el mundo, nos equivocamos de plano, porque nos faltaba presenciar a sátrapas de esta calaña que hemos descrito aquí mismo. Porque nunca imaginamos, veinte años atrás a un esperpento como Donald Trump o a su “socio” en esto de asesinar en masa, Benjamín Netanyahu. Mucho menos imaginamos a alguien como Pete Hegseth, el “chaval” que lleva la bandera de los Estados Unidos hasta en los calcetines que se pone día a día (si es que se los cambia).

            En una ocasión creímos que lo peor había sido Richard Nixon, Bill Clinton, Saddam Hussein, Fidel Castro, Hugo Chávez, Daniel Ortega y su horrorosa mujer y otros de parecida estampa y corte psicológico (patológico para ser más precisos); y que psicópatas como Nerón y Calígula en la antigua Roma eran asunto más que acabado y superado, pero estábamos transitando por caminos totalmente equivocados en nuestro pensamiento y no tomamos en cuenta al filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien enunció su tesis del “eterno retorno”; es decir, los personajes y sus acciones se repiten en la existencia de la humanidad cada cierto número de épocas, surgen de la densidad de los años que han transcurrido, para cobrar nuevamente vida, con toda su dañina disposición. Es por ello que individuos como Hegseth, Netanyahu, su horda de ministros y Donald Trump, parecen arrancados de una traumatizante pesadilla, provenida de la noche de los tiempos.

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