
Haití en Medio del Caos, la Indiferencia de la Comunidad Internacional y la Impotencia de las Naciones Unidas
PUERTO PRÍNCIPE, Haití-(Especial para The City Newspaper) Esta pequeña nación que comparte territorio en la misma isla, con la República Dominicana, es lo que se podría definir sin temor a caer en el equívoco, “un verdadero Estado fallido.” Pero no en la pobre y escasa concepción “trumpiana” (de Donald Trump), que a todo aquel país que a él le disgusta (el 98 por ciento de los existentes alrededor del globo), le señala como “Estado fallido”, sino dentro de la concepción real, precisa, que la definición exige. Porque Haití, desde que sabemos de él, es un país caótico, con toda la implicación que lleva este adjetivo.
Algunos que se las dan de espiritualistas, gnósticos u ocultistas, dicen que “unas pesadas cadenas ancestrales, que devienen de las épocas cuando los haitianos eran el mercado de esclavos negros de Francia, son las que tienen atrapados a estos habitantes, por los tobillos y el cuello, a manera de grilletes, dentro de una antiquísima maldición.” Recordemos también que las prácticas ocultas que los haitianos han practicado desde siempre, tampoco ayudan al desarrollo humano, intelectual y material de estas gentes y, por el contrario, las tienen sumidas en el más sórdido atraso cultural y de toda índole posible.
A la deriva y hacia el abismo
La pobreza, o mejor dicho… la miseria de Haití, es proverbial. No puede aumentar más en términos de injusticia, de carencias y de dolor personal y general, porque ya lo ha abarcado todo y ha llegado al fondo absoluto, donde no se puede descender más, porque después de esa postración, sólo existe la muerte. Y a esto también se está llegando actualmente.
No existe un gobierno central, mucho menos regional. Hay una demarcación en su territorio, porque se pudo hacer en épocas muy trasanteriores, cuando alguna vez hubo algún tipo de paz, efímera, pero paz al fin… Y cuando se dice que tuvo un gobierno, fue durante la oprobiosa, sanguinaria y supra-corrupta dictadura de los Duvalier, padre e hijo, quienes se valían de las cuadrillas de asalto, los tristemente célebres Tonton Macoutes, o miembros de la policía secreta y de la milicia paramilitar personal de los dictadores Francois Duvalier (Papa Doc), y posteriormente de su hijo, Jean-Claude (Baby Doc). Ambos utilizaron el poder, lo detentaron y lo retuvieron durante muchas décadas, por medio del terror de las susodichas cuadrillas de matones armados, mientras se enriquecían padre e hijo, estafando y expoliando lo poco que había que expoliar en aquella dictadura abyecta.
Pero la miseria de este pequeño territorio comenzó el mismo día cuando los piratas franceses pusieron sus ensangrentados pies aquí; ellos, y los gobernadores nombrados por la Corona de Francia, decretaron la postración sempiterna de Haití y todo aquel que se atreviera a vivir en este país de etnia mayormente caribeña-africana.
Por todo lo anterior y otras razones que se nos haría extenso enumerar en este reportaje, los haitianos siempre han vivido en el borde del precipicio, del abismo de la indigencia, la “santería”, la superstición, los crímenes, el hambre y las enfermedades. Podría decirse que aquí los “Jinetes del Apocalipsis” llegan a repostar, recobrar fuerzas y convivir entre la población negra que habla y se entiende en una lengua provenida del francés y que es un dialecto que sólo ellos pueden y quieren utilizar. De hecho, es el país (si se le puede llamar “país”), más pobre del hemisferio occidental, seguido por Nicaragua, Cuba, Honduras y Bolivia. Una posición vergonzante y profundamente preocupante desde todo ángulo en el que se le observe.
Al borde del abismo, decíamos, pero ahora “han trascendido”, si el término cabe, y ahora marchan a la deriva, sin timonel, sin directrices de ninguna especie, en medio de la más sangrienta realidad diaria, de la violencia más terrorífica, desatada por sus mismos pobladores en forma de pandillas de gamberros que solamente quieren “el dominio por el dominio”, pues en las ciudades haitianas no hay nada para saquear, pues lo que había… fue saqueado hace siglos atrás por piratas, colonizadores franceses y dictadorzuelos.
Y de acuerdo a un informe publicado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en lo que va del 2026, unas 5,700 personas han sido ultimadas o dadas de baja por los violentos, más los miles de heridos dentro de este caos sin fin. El austríaco Volker Türk, Alto Comisionado de la ONU, manifestó hace pocos días en Ginebra, Suiza, que, “del 1 de enero al 11 de septiembre, mi oficina contó al menos 5,700 personas muertas o heridas a manos de bandas o en operaciones efectuadas contra ellas. Las pandillas secuestraron igualmente a más de 230 personas y violaron a más de 1,000 mujeres y niñas. Las cifras probablemente podrían ser más elevadas. A pesar de cierto éxito para contener su actividad en partes de la Capital, Puerto Príncipe, las pandillas continúan adaptándose y expandiéndose, reapareciendo en nuevas zonas y rearmándose constantemente.” Explicó el funcionario ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
A pesar de lo que hemos reseñado acerca de la historia, del devenir de Haití, la verdad es que la situación se ha deteriorado considerablemente en los últimos años, debido a la violencia de los grupos fuertemente armados que controlan amplias regiones de este territorio. Vivir y viajar a esta nación sería un suicidio para quienes lo hagan, sin exagerar en el término, pues el peligro comienza apenas el avión pone sus ruedas en el aeropuerto internacional, para desembarcar posteriormente. La crudeza y la altísima peligrosidad, ante la inoperancia de la policía y de las fuerzas que las Naciones Unidas han enviado para contener a esta “marea” de sangre que se vierte a diario, es una realidad que se puede tocar en el aire incluso. El terror campea por doquier evidente y convincentemente.
“Un despliegue acelerado”
Ante tales acontecimientos, el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó una Fuerza de Supresión de Pandillas, que, en principio y de acuerdo a estudios previos realizados, debería contar con unos 5,500 efectivos apropiadamente armados, para alcanzar cierta eficacia en el terreno. Pero han surgido dificultades para que países miembros de la ONU contribuyan con esos soldados, para que contribuyan con la demanda. Fue cuando el mismo Comisionado, Volker Türk, dijo a la prensa: “La fuerza sigue muy por debajo del nivel esperado y requiere un despliegue acelerado.” Es decir, un ejército poderoso necesita llegar a Haití, hacerse con el control del país, tranquilizar a sus gentes de bien, a la amplia generalidad, brindarles alimentación, medicamentos, trabajo e iniciar la reconstrucción de sus ciudades, mientras combate, acaba con las vidas de los delincuentes, de los líderes de las pandillas o los atrapa para llevarlos ante la justicia. Pero esa fuerza multinacional, bajo la dirección de las Naciones Unidas, se ha convertido en una quimera, un esfuerzo insuficiente por dondequiera que se le observe y ello marca la impotencia de esta organización mundial y la impunidad de los pandilleros que cubren de sangre inocente al país isleño.
Incluso, para ser todavía más gráficos y precisos, y de acuerdo a información suministrada por Mike Waltz, embajador de los Estados Unidos ante la ONU, la fuerza que se ha enviado a Haití cuenta apenas con 1,500 soldados. Es cuando Türk reaparece para decir que “la ONU mantiene serias preocupaciones por el uso innecesario y desproporcionado de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad haitianas y grupos de autodefensa. Desde comienzos de año, más de la mitad de todas las víctimas se produjeron en el contexto de operaciones de seguridad, con cientos de personas alcanzadas por balas perdidas y drones explosivos. El número de ejecuciones sumarias, llevadas a cabo por unidades policiales especializadas, se ha reducido significativamente, casi a la mitad en comparación con 2025. Sin embargo, personas presuntamente vinculadas a pandillas, siguen siendo ejecutadas de forma sumaria. Los llamados grupos de autodefensa han matado o herido a unas 280 personas en lo que va de este año.” Añadió a sus anteriores declaraciones y explicaciones acerca de la situación.
A pesar del caos imperante en esta parte de la isla Dominica, donde la república Dominicana ocupa la mitad de la misma, el próximo 13 de diciembre los haitianos esperan celebrar sus primeras elecciones en lo que lleva una década transcurrida; igualmente, un referéndum constitucional. Por supuesto que el marco donde se llevarán a cabo ambos acontecimientos, está marcado por la desolación y una pobreza que supera a cualquier imaginación de cualquier persona. Incluso, hay expertos que señalan que a Haití habría que “refundarlo”, erradicar todo lo existente material y constitucionalmente (si lo hubiese), y partir de cero, de la nada, para formar a una nueva nacionalidad, nuevas leyes, etcétera, etcétera, porque no se puede construir de los vestigios que son lo único existente, para continuar con la misma miseria, la misma desgracia y la misma podredumbre en casi todos los aspectos. Haití es un territorio, un pueblo, fallido; a tal extremo que no se le puede llamar siquiera “país”, pues no corresponde al estándar de lo que ello significa.
No sabemos si lo anterior lo habrán percibido los tecnócratas, los políticos que ven la realidad desde lejos y los funcionarios de las Naciones Unidas. Por ello, la gran pregunta que surge es: ¿A quién o quiénes les correspondería tal tarea, si los haitianos ya han demostrado que no están capacitados para hacer resurgir a su nación? No lo sabemos y aparentemente nadie lo ha meditado ni en mínimo grado.
Después de la reconstrucción de la infraestructura de Haití, habrá que dotar a los ciudadanos de una nueva Constitución Política (Carta Magna), que sea realista y funcional, adaptada a las necesidades de la población; dotarlos de escuelas, “jardines de infantes” (Kindergarten), colegios de secundaria y por lo menos unas dos Universidades con carreras profesionales prácticas, que sirvan para realizar la misma tarea u objetivo; es decir, poner a esos profesionales, una vez graduados, al servicio de su patria. También dotarlos de una religión sensata, que sirva de contrapeso a la difundida superstición que prevalece entre los haitianos; de una filosofía de vida, además de pragmática, que sea capaz de llenar los espíritus y el intelecto de estas gentes, que aprendan que el uso de la racionalidad es mejor que el de la fuerza bruta.
La creación de otros Institutos que den a sectores de la población haitiana que no comulgan con las carretas universitarias, el aprendizaje de oficios que les permitan alejarse de los vicios callejeros y las pandillas, semejantes a los politécnicos que funcionan tan bien en otras naciones, son otras de las opciones que podrían implementarse durante la refundación de Haití.
La formación de líderes, con una fuerte inyectiva de humanismo y valores democráticos, es perentoria aquí; que sean capaces de detectar los aires dictatoriales, los combatan, los erradiquen, y luchen por un país de libertad, igualdad y civilismo, lejos de la violencia y el saqueo de sus politicastros. Y la otra pregunta que surge es: ¿Bajo la tutela de cuál organización o gobiernos, podrían efectuar lo anterior los haitianos? Tendrá que ser bajo el control y la vigilancia de la ONU, y posiblemente el Vaticano, ONGs comprometidas con los postulados y valores anteriores y de todos aquellos gobiernos bien intencionados que quieran levantar a este pueblo y no aprovecharse de él, ni expoliar lo poco (o la nada) que podría quedarle. En esto, exigir al gobierno de Francia, que, con su colonialismo salvaje en siglos anteriores, fue el que inició esta pesadumbre, este descontrol criminal que sufre Haití hoy en día. Los franceses tienen la responsabilidad moral de ayudar a Haití en todo aspecto, sin evasivas ni contratiempos. Ellos lo saben y ellos deberán comportarse en consecuencia.
En este punto, llama la atención el hecho de que casi ningún presidente francés ha visitado Haití, ni en sus mejores tiempos (si es que los ha tenido), y el desinterés (porque no creemos que haya sido la vergüenza), es lo que los ha mantenido siempre metidos en el Palacio del Elíseo, en París, evitando todo comentario que se refiera a ese territorio insular. Mucho menos asistir con dinero o tecnología. Mucho menos con medicina y otros rubros aquí siempre ausentes. Es decir, Francia causó fundamentalmente esta debacle, pero no se hace responsable de ella. Ni se hará, según “los vientos que soplan.”
La tarea, según vemos, es urgentísima y de inmenso “calado”, extraordinariamente grande. A ver ¿quién (o cuál gobierno u organización) “recoge el guante” y pone manos a la obra? Por lo pronto, Haití se debate, oscila y se mantiene entre la indiferencia de la comunidad mundial y la impotencia de las Naciones Unidas.“Un cóctel” propicio para caer por el barranco, que se despeñe lo poquísimo que aquí queda o se ha salvado.
“No viajen a Haití, a no ser que los deportemos”
La postura del gobierno de los Estados Unidos ante la crisis de Haití ha sido la esperada, más aun en tiempos de Donald Trump: no ha ofrecido ayuda efectiva y humanitaria, sino que ha aconsejado a sus ciudadanos que no viajen al país caribeño por lo peligroso que resultaría ser para cualquier extranjero; pero hizo la salvedad seguidamente de que, si lo hacen, si viajan a Haití será sólo en condición de expulsados o deportados de USA.
Pero no ofreció nada para paliar la aguda situación nacional que sufren los haitianos. Eso a Trump le tiene sin cuidado. No le importa. En principio, porque él odia la pobreza; aunque debería repelerla como lo hacemos la mayoría de los seres humanos por lo nociva que es, lo postrante, y, seguidamente, dar soluciones concretas, en la práctica, para ayudar a salir a esos pueblos de su cruel estado. En todo caso, debemos recordar la cortedad de análisis, de ideas y de razonamiento que padece Trump, quien, incluso, debería luchar porque Haití se supere como nación, porque así se quitaría el gravísimo problema de la inmigración haitiana hacia la Unión Americana. Pero tampoco lo hace, no piensa siquiera en ello, su reducido cerebro no le permite codificar y/o decodificar la simple “ecuación social” que enseña que, si a los haitianos les va bien en su país de origen, los estadounidenses no sufrirán esa inmigración de isleños que tanto les molesta. Una que está allí, pero Trump es incapaz de verla, por eso no brinda ayuda al pobre y despedazado país caribeño.
Ha sido una alerta roja con el nivel 4, que es el máximo, expedida por el Departamento de Estado de EE.UU., un señalamiento fundamentado en “los secuestros, la delincuencia, las actividades terroristas, los disturbios civiles y la limitada atención médica” que prevalece en suelo haitiano.
Pero su maldad, disfrazada de indiferencia en este caso, no acaba ahí, porque el gobierno de los Estados Unidos ha revocado el Estatus de Protección Temporal (TPS), a unos 350,000 haitianos que residían legalmente en USA y que ahora corren riesgo directo de ser expulsados; es decir, se ha allanado el camino para la deportación de esos miles de personas y que serán protagonistas de un retorno forzado, a pesar de la cruenta y peligrosísima situación en Haití en estos momentos.
A ellos se les deben sumar otros 200,000 haitianos que han resultado afectados por la cancelación del parole humanitario que se dio en el 2025. Si recordamos bien, los dos programas migratorios fueron aplicados y prorrogados después del potente terremoto, huracanes, recurrentes brotes de cólera y contínuas crisis humanitarias, políticas, económicas y de seguridad que han afectado consecutivamente a Haití.
El resultado de estas políticas draconianas y salvajes de Donald Trump, según el director ejecutivo de la Fundación Haitiano-Estadounidense para la Democracia, Jocelyn MacCalla, ha sido de terror y así lo ha descrito con sus propias palabras: “Las comunidades haitianas en los Estados Unidos están en pánico. Temen por el futuro bajo las políticas del gobierno de Trump para librar a la nación de los inmigrantes negros y mestizos (recordemos que Trump es un racista consumado, simpatizante del sionismo mundial y del Ku-Klux-Klan). Cualquier familia haitiana en EE.UU. incluye ciudadanos, residentes permanentes legales, refugiados que buscan asilo y personas a quienes se les ha otorgado refugio temporal hasta la resolución judicial de sus casos. Casi todos son vulnerables a las políticas arbitrarias del actual gobierno, que prioriza la detención masiva de personas para su deportación inmediata, independientemente de su estatus legal y los derechos que este les pueda conferir.” Asegura.
¿Pero cuál ha sido la determinación inmediata de estas gentes? Esconderse lo mejor que puedan de las autoridades migratorias y si deciden salir a las calles, a sus trabajos, por ejemplo, será bajo su propio riesgo de ser detenido in situ y montado en el próximo avión que partirá rumbo a Puerto Príncipe, al encuentro con la nada en Haití o con la muerte segura. El sentimiento de terror, de inseguridad, de paranoia desatada, que quizás nunca habían experimentado en ningún otro país y momento, ahora se ha adueñado de sus vidas individual y colectivamente. Un miedo que no es deseable para nadie ni en ningún instante.
Se trata de trabajadores esenciales que ofrecen sus servicios en los rubros de la salud, hostelería y agroindustria principalmente. La mayoría de esos haitianos viven y laboran en La Florida, donde producen US$2,600 millones al año, de acuerdo a un informe fidedigno elaborado por Human Rights Watch (HRW). ¿Y la reacción de sus patrones, de sus empleadores, cuál ha sido? Primero, de confusión; y, luego, han intentado cumplir las leyes so pena de ser sancionados también ellos y sus negocios, fábricas y empresas que dan cobijo laboral a esos haitianos. Han preferido que el dinero que generan los haitianos, ya no se produzca, y prescindir de esas personas que tanto odia e incomodan a Donald Trump y a su movimiento racista MAGA (Make America Great Again, Hacer Grande a América de Nuevo).
Ubicados dentro de la realidad haitiana
No hace falta ser un connotado sociólogo para deducir que Haití no está condiciones de recibir a los ciudadanos expulsados desde los Estados Unidos o de otra nación donde hayan vivido y trabajado. En principio, porque esta es la panorámica que ofrece Haití en estos instantes: hay 1,5 millones de desplazados internos, más de la mitad de la población sumida en inseguridad alimentaria aguda; más de 8,200 asesinatos entre enero del 2025 y marzo del 2026, y la presencia de grupos criminales en control del 90 por ciento de la Capital, Puerto Príncipe. Ese sería el ambiente que encontrarían los deportados; es decir, algo así como descender al mismísimo infierno.
Manuel Orozco, director del Programa de Migración, Remesas y Desarrollo, del think tank, Diálogo Interamericano, lo explica de esta otra manera: “La consecuencia inmediata, como ha ocurrido con las deportaciones de más de 250,000 haitianos desde República Dominicana en los últimos dos años, es aumentar la carga económica y de la fuerza laboral del país. Para 2025, Haití contaba ya con una fuerza laboral de 5,3 millones de personas, engrosada por más de 100,000 deportados ese año. De ellos, el 47 por ciento eran mujeres y casi la totalidad sobrevivía gracias a la economía informal, con ingresos menores a US$2,500 anuales y una dependencia de remesas alrededor de US$5,000 millones, de los cuales más del 62 por ciento provino de EE.UU., según el Banco de la República de Haití (BRH).”
Reafirmamos que lo que hay en Haití es el caos total, así como se conoce y se concibe el caos en su absoluta dimensión destructiva: es un país cuya economía decrece sistemáticamente, y los deportados, principalmente desde USA, engrosan la cifra de quienes necesitan empleos que no existen, ni siquiera en los planes más lejanos de los tecnócratas que pudieren vivir todavía en Puerto Príncipe. Si los hubiera. De tal forma, la presión sobre las familias que ya tienen recursos económicos limitados o próximos a desaparecer por “la marea” de gastos que tienen que hacer y la dependencia de las remesas por parte de quienes viven en el exterior, se torna insoportable y difícil, sino imposible de manejar. A esto hay que sumarle la demanda de vivienda, alimentación, transporte, salud y demás servicios básicos que aquí yacen colapsados.
Esa es la panorámica socio-económica que nos concede Haití hoy en día, cuando nos ubicamos dentro o en el medio de su realidad nacional cotidiana; pero debemos adicionarle también el peligro que representa el sencillo gesto de caminar por cualquiera de sus calles –la mayoría de ellas destruidas por los enfrentamientos armados entre los pandilleros y las fuerzas del orden-, pues se podría caer ultimado por una bala perdida o dirigida directamente contra la persona normal que ha salido a realizar alguna de sus gestiones. La muerte sobrevuela a la población honrada, junto al peligro de los secuestros y a las agresiones sexuales.
En el último renglón, Farhan Haq, portavoz de las Naciones Unidas, informó recientemente que ese tipo de agresiones contra las mujeres ha experimentado un aumento alarmante. Así, en la primera mitad del 2026, Haití registró más de 5,500 casos de violencia de género, dirigida contra mujeres adultas y niñas. Sólo en junio pasado, sucedieron más de 1,000 casos de este tipo; y más de 3,000 se dieron entre abril y junio. El año pasado se registraron algo más de 8,000 casos, la mayoría de ellos perpetrados por hombres armados pertenecientes a las pandillas que recorren las vías públicas a toda hora del día.
La violencia sexual en Haití aparece desenfrenada. Según el reporte emitido por las Naciones Unidas. Incluso, Youri Saadallah, del Consejo Noruego para los Refugiados, advirtió que “las mujeres y las niñas están siendo utilizadas como campo (y botín) de batalla.”
Un intento de síntesis acerca de lo que ocurre en Haití, nos obliga a subrayar que las deportaciones masivas decretadas por Trump en los Estados Unidos, principalmente; y en otras naciones que no toleran a los haitianos, supone la pérdida lógica y automática de sus puestos de trabajo y, como consecuencia de ello, las remesas que envían a sus familiares en la isla, también representan otra dura pérdida, que lleva a la miseria a esas personas. "La diáspora es crucial –vuelve a retomar la palabra el director ejecutivo de la Fundación Haitiano-Estadounidense para la Democracia, Jocelyn MacCalla-, para sostener a las familias haitianas y evitar que se hundan aún más en la pobreza. Las remesas no son, lamentablemente, el motor del desarrollo económico; pero si mantienen viva la esperanza. En general, las remesas a Haití sostienen el día a día de lo básico de la economía, alimentación, salud, vivienda y, para los que pueden, educación. Hay que tener presente que, en Haití, el sistema educativo público es casi inexistente, y el privado es bastante disfuncional y depende de donaciones o contribuciones limitadas.”
En este país en medio del caos, un 40 por ciento del total de los hogares que existen, subsisten gracias a ese dinero que sus emigrados envían desde la nación donde trabajan actualmente. He ahí la importancia de ese dinero que no puede faltar.
Finalmente, en medio del terror difundido por Donald Trump y su policía migratoria en el interior de los Estados Unidos, quedan algunas posibilidades para los haitianos, tales como organizarse y sumar el apoyo de otras nacionalidades que sufren algo parecido a ellos, para presionar a la administración republicana actual y tratar de revertir la situación, negociar una moratoria de un año en lo que compete a la suspensión del TPS; conseguir la mayoría en el Congreso de USA para votar una nueva política y promover inversiones y programas de desarrollo en Haití. De lo contrario, si no se unen en una sola fuerza, quedará vivir en la clandestinidad en medio del miedo; o, en su defecto, emigrar hacia los países vecinos como Canadá y México, donde, supuestamente, el tema de la humanidad en sus gobernantes todavía tiene algún valor y significado. Porque regresar a Haití, la patria o el país natal, no es opción en modo alguno. Sería lo más parecido a un suicidio, para morir cada día con otros miedos en la psiquis y en el alma y con un hambre insoportable en los estómagos, sin la esperanza de encontrar trabajo, una vida esencial y fundamentalmente digna y un país que les brinde la seguridad que nunca les ha concedido.
Ese es el caos haitiano. Mientras la comunidad internacional prefiere mirar al lado contrario y seguir de frente; y la ONU, por más que haya querido estabilizar a esta nación, no ha contado con los elementos, el apoyo de sus miembros, ni el mecanismo seguro que aleje el espectro caótico que aquí se ha posado y vive con sus habitantes.
Haití simplemente es una realidad inobjetable, en medio de un milenio que presume con el modernismo y el adelanto tecnológico; pero que en materia humana, en el tema de la solidaridad con el semejante, se queda cada vez más rezagado, vergonzosamente atrasado, peor que en el período del Oscurantismo.
Haití Sigue a la Deriva. Es un País sin Orden, sin Leyes, sin Seguridad Alguna… Rumbo al Acabose
PUERTO PRÍNCIPE-(Especial para The City Newspaper) Decir que esta parte de la isla La Española, que los haitianos comparten con los dominicanos, es un “país fallido”, parece un cumplido que no retrata con precisión lo que sucede en Haití, porque la realidad es mucho más grave: no sólo es un territorio desolado por las matanzas que causa la delincuencia a diario, sino que es una tierra de nadie, donde el que tiene mejor posición para disparar su revólver o metralleta, es quien implanta “SU” ley, mientras las calles de todas las paupérrimas ciudades haitianas, se cubren de cadáveres que nadie se preocupa ni puede enterrar debidamente, con cristiana sepultura. Haití no tiene economía, ni básica siquiera, ni mínima siquiera; no tiene producción alguna, mucho menos turismo, porque nadie quiere visitar a esta nación de ningún modo; incluso, las misiones militares que la ONU ha enviado, terminan por abandonar al país en clara escapada a tierras seguras. Haití no es recomendable para nadie, es un sitio, en un rincón de la isla caribeña donde el caos reina, el desastre social y económico que lo han postrado hasta más allá de la miseria, donde el peligro ha alcanzado su manifestación máxima y la delincuencia ha cruzado todas las líneas rojas que existen en toda sociedad más o menos organizada y ha hecho huir a la policía, de la que nadie tiene noticias dónde está en estos momentos aciagos.
Haití es un reto para el mundo civilizado. Su realidad es peor que la de la India, donde la miseria humana ha traspasado sus “fronteras” y los desacuerdos sociales son tan evidentes que se pueden ver en la superficie de sus castas y demás capas sociales. Y es un reto, porque “pacificar” o acabar con los delincuentes, quienes se desplazan en motocicletas fuertemente armados, pero con sus estómagos vacíos porque allí no hay nada qué comer, no es siquiera una remota solución; y, sin dudarlo un poco, ni un ápice, lo que priva para Haití es controlarlo todo con una fuerza expedicionaria, “armada hasta los dientes”, con órdenes de la ONU, y que se sienten las bases profundas para una re-fundación del país, crear nuevas Instituciones dirigidas por extranjeros centrados, humanistas e inteligentes y, paralelamente, crear cárceles para meter allí a los líderes pandilleros que sólo quieren el caos y lo han sembrado en la actualidad. Haití no es un país, es un territorio, el peor que hay actualmente en el planeta, peor que Somalia, Afganistán (creado por Donald Trump al entregarlo a los talibanes), Libia, la India, Nicaragua, Bolivia y sólo un poquito mejor que Palestina, donde su población está siendo bombardeada por los israelíes, quienes proceden al exterminio de su pueblo.
¿Caos Total?
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha emitido uno de sus tantos comunicados oficiales en el que dice que “Haití podría enfrentarse a un caos total.” Un desafortunado e impreciso texto que suena a eufemismo, porque la verdad es que esta nación y su población 100 por ciento de tez negra, descendientes de africanos que fueron arrancados de África por los piratas y tratantes de esclavos franceses para ser vendidos en América, para las plantaciones de algodón, desde hace muchos años atrás, posiblemente desde la dictadura de Papa Doc Duvalier, el tirano corrupto que desangró a este pueblo, está sumida en el caos, en el “punto de no retorno,” para utilizar un término también esgrimido por los analistas sociales enviados al terreno por la ONU. La única verdad que prevalece, exige que Haití sea controlado primero y después reorganizado y refundado; es decir, reconstruir sobre el basural que actualmente es y que deviene desde épocas de sus dictaduras. Es preciso, imperativo e imprescindible, que los interesados en ayudar a este territorio y sus gentes, caigan en la cuenta efectiva y real de que nombrar nuevos presidentes que duran lo que una brizna en el aire permanece o son asesinados flagrante e impunemente, es un intento de solucionar este acabose por unos pocos meses o semanas apenas, porque el “cáncer” que carcome a los haitianos hay que extirparlo desde lo más hondo de sus habitantes, quienes deambulan por las calles sin sentido, con hambre insaciable en sus estómagos y escondiéndose de las motocicletas desde donde se dispara con ráfagas de metralleta, sin objetivos claros o definidos y que sólo buscan asesinar por asesinar o por saciar la voracidad por la sangre ajena.
Haití no se acerca al “caos total” como insiste en afirmar a la ONU, porque desde hace años y con mayor intensidad ahora mismo, yace en lo más fétido de la maldad y la miseria humana. Las bandas criminales controlan (?) las ciudades en su casi totalidad, sin que sus líderes tengan un plan cualquiera para ejercer ese control, porque ni ellos mismos saben qué es lo que quieren. En comparación, los gánsteres estadounidenses de los años 20 y 30 del siglo pasado, causaban daño, pero iban en pos del dinero, que era el propósito de su maldad. Pero los delincuentes rayanos, rastreros y supra-asesinos de Haití no quieren nada más allá del acabose, porque sus cerebros no les dictan pautas, propósitos ni planteamientos, por más criminales que pudieren ser.
Hoy, esta nación –si es que se le puede llamar así, tan sólo para remitirnos a algún punto de referencia-, es el escenario de una nueva escalada de las violentas bandas, en las últimas semanas; y según la ecuatoriana María Isabel Salvador, representante especial de la ONU en esta parte de la isla del Caribe y diplomática de carrera, “se acerca a un punto de no retorno, que amenaza al país caribeño en un caos total.” Escribió en su informe después de haber viajado a ese lugar y haber visto lo que le resultó increíble e incomprensible, debido al hedor de muerte y desorden general que allí persiste y subsiste y añadió: “Mientras la violencia de las pandillas sigue extendiéndose a nuevas zonas del país, los haitianos viven en una vulnerabilidad cada vez mayor y son cada vez más escépticos sobre la capacidad del Estado (¡?) para responder a sus necesidades.” Explicó en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Y aquí la relatora usó un término que resulta en este caso específico, altamente llamativo, precisamente por su imprecisión: dijo Estado. Lo cual hace preguntarnos: ¿Existe Estado en Haití, hay gobernantes, hay presidente, ministros, fuerzas del orden, hay, por mínima que sea, una organización de algo o en algo en este presunto y mal llamado país? La respuesta, inevitable e ineludiblemente es… no. Allí no hay nada de eso que hemos expuesto y tampoco mandan o “gobiernan” los líderes pandilleros, en principio porque son muchos y se disputan cada espacio de las ciudades, cada esquina, cada recodo de los vetustos caminos y no hay uno solo de ellos que tenga la suficiente fortaleza para erigirse en líder general y común de todos los demás. En segundo término, cualquier esfuerzo diplomático estaría sobrando, debido a que los delincuentes y las gentes comunes del pueblo no entienden de diplomacia cuando sus estómagos están vacíos, sus espíritus creen en religiones (si se les puede llamar así), que provienen del África profunda, donde el vudú y el ceremonial con fuertes y contundentes rasgos satanistas es lo que prevalece en ellos; e intentar siquiera una leve posibilidad de dialogar, sería algo así como tratar de conversar con seres irracionales que no entienden de comprensión, alto a la violencia y construir sobre las ruinas de lo destruido con salvajismo inmisericorde.
La enviada de las Naciones Unidas, Isabel Salvador, da apenas una breve pincelada a lo que ella cree que podría ser una oportunidad para salvar a Haití y a los haitianos, cuando escribe: “Sin una ayuda internacional decisiva, concreta y oportuna, la situación de seguridad en Haití no podría cambiar (…). Pido al Consejo de Seguridad (de la ONU), que actúe para satisfacer las necesidades urgentes del país y su población. En cuanto a la lamentable situación humanitaria, hay preocupación por la escasez de fondos a los que se suman los recortes presupuestarios decididos por Estados Unidos en su ayuda exterior (aquí notamos la desgraciada y maldita mano de Donald Trump, causando más daño a nivel mundial).” Resaltó en su informe que las pandillas realizan ataques coordinados sin ideal ni meta alguna y cuya única finalidad –si es que hay alguna-, es la de aumentar aún más el control en Puerto Príncipe, la Capital, y otras regiones.
Una panorámica que supera lo inhumano
Lo que acontece en Haití “supera” a la inhumanidad, pues ha generalizado todavía más la miseria material y humana de su población que no tiene hacia dónde emigrar, porque República Dominicana ha cerrado su frontera común y lanzarse al mar Caribe en una barcaza o “algo que flote”, no es opción y si lo fuera, estaría más cerca del suicidio que de la salvación de sus ocupantes. Las balas suelen zumbar por encima de las cabezas cuando son disparadas por elementos escondidos en las esquinas de las ciudades o desde motocicletas con dos ocupantes y en movimiento. Hay saqueo de lo poco que se puede saquear en las pocas tiendas que quedan y subsisten y los incendios de neumáticos de automóviles, se pueden observar por todas partes en las calles y avenidas de estas ciudades. Las escuelas han sido cerradas, la policía está ausente y en clara huida y el gobierno –si es que lo hay-, no tiene ni la más leve respuesta a este caos.
La ONU, por razones de seguridad (y dinero), redujo la presencia de efectivos armados (soldados de naciones africanas colaborantes), que intentaron controlar este desorden y sangrienta situación, debido a que Puerto Príncipe está en las garras, en un 85 por ciento y quizás más, de las pandillas. “Sin un financiamiento suficiente y previsible, incluso una presencia mínima de la ONU, podría resultar insostenible, cuando el país más nos necesita.” Clamó la diplomática ecuatoriana a su regreso a Nueva York, a la sede de las Naciones Unidas.
La realidad de lo que aquí vemos y encontramos en cada recodo, nos indica que la violencia de otros años se ha superado a sí misma en esta nación considerada con todo realismo, la más pobre del hemisferio Occidental o la más pobre de América entera. Las pandillas practican a diario el asesinato, las violaciones, saqueos, secuestros y toda clase de fechorías o hechos vandálicos y esto con toda impunidad, pues la policía se ha rendido sin luchar apenas y los políticos prefieren quedarse en sus casas que parecen fortalezas o marcharse, también en huida, hacia el extranjero.
“La violencia se ha superado a sí misma” y deja entender que lo único que pretende es alcanzar una situación todavía más fuerte en lo caótico, que no deje dudas de que la misma violencia es la que manda, se ha “enseñoreado” allí y quiere permanecer en esta realidad hasta que sus provocadores y practicantes del crimen se cansen de desatar el caos y el acabose. Desde mediados de febrero del presente año, han recrudecido los hechos violentos en todo Haití, las pandillas han intensificado sus ataques en los barrios de la Capital que se habían librado de su violencia, con la intención de que no quede nada “sin incendiar”; es decir, “que no quede piedra sobre piedra” en este país que ya estaba postrado desde la dictadura de Duvalier padre.
Y, antes de cerrar este reportaje, reafirmamos lo que necesita Haití, pero que en estos momentos la ONU no puede darle por la falta del dinero que Donald Trump le quitó a este organismo para este tipo de ayuda: que una fuerza multinacional, encabezada por la mismas Naciones Unidas, compuesta por tropas (masivas) de soldados franceses (prioritariamente, porque hablan francés y pueden ser entendidos por los haitianos que hablan un dialecto derivado del galo, llamado “kreyól” o criollo haitiano), ingleses, estadounidenses, españoles y de otras nacionalidades, entren en este territorio en decidido plan de guerra, para exterminar a las pandillas, atrapar y encarcelar a sus líderes, y que una misión de políticos y técnicos, se encarguen de reconstruir las Instituciones, fundar otras más; reorganizar a una policía civil fuerte y bien armada, alejada de la corrupción que siempre ha imperado aquí; mantener permanentemente un destacamento numeroso de esos soldados extranjeros para asegurar el orden y, ante cualquier otra premisa, establecer escuelas, colegios y Universidades para culturizar y alfabetizar al pueblo, principalmente a las generaciones de jóvenes que deambulan a la deriva de las cosas…
Es importante la parte espiritual del pueblo y ello debería estar en manos de misiones cristianas y humanistas (católicas, protestantes y otras), que luchen y destierren a la práctica del “vudú” y esas corrientes satánicas en las que los haitianos fundamentan su equivocada fe. En síntesis, Haití y los haitianos necesitan que su país sea refundado nuevamente, partiendo de cero, de “la tierra arrasada” que actualmente es. Algo parecido a lo hecho en Japón y Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, con la gran diferencia y salvedad de que esas dos naciones eran entrañable y genéticamente cultas, con centurias de desarrollo tecnológico, espiritual y humanista en las personas, mientras Haití siempre ha tenido una población intrínseca y evidentemente atrasada, inculta e ignorante, que se debate entre el salvajismo, el analfabetismo general y la indecorosa vocación por vivir permanentemente dentro la peor miseria posible. Incluso se podría hablar de una refundación como aquella ocurrida siglos atrás en la Francia post-revolucionaria, cuando la monarquía corrupta fue erradicada y se fundó la república, tras superar también a la dictadura napoleónica. En aquellas épocas, los franceses cambiaron los nombres de los días de la semana, de los meses, de las estaciones del año, depuraron su idioma, la religión, el idioma francés y surgieron hombres ilustrados de aquel acabose sangriento que fue su levantamiento contra los Borbones “incrustados” en el Trono. Un cambio radical y profundísimo parecido, es lo que requiere Haití, sin duda.
Posteriormente, una vez estabilizado, refundado y asegurado el país, habría que llevar inversores para que establezcan sus empresas y hagan nacer centros seguros de trabajo, con salarios decentes y alternativas para un desarrollo firme, sostenido y equitativo para estos pobladores.
Otra alternativa para los haitianos y su fallido país, no es posible ni deseable. Esto lo debería tener claro la ONU y quienes se preocupan de la realidad haitiana. Y el gran agravante es la falta de dinero para llevar a cabo todo lo anterior y se tiene la desgracia actual de que un imbécil llamado Donald Trump, ha recortado la ayuda económica internacional y lo seguirá haciendo mientras permanezca en el poder de los Estados Unidos, que era el gran donante en estos casos.
Por lo pronto, esta nación caribeña y sus pobladores tienen un basural sobre ellos, mezcla de inmundicia, crimen, sangre inocente vertida y ningún futuro inmediato siquiera que puedan divisar y hacerlos ligeramente soñar con mejores posibilidades de un mundo mejor.
