EDITORIAL




Es un problema. Uno de los problemas más grandes de los que haya enfrentado el mundo, especialmente los países poderosos, o, por lo menos, los países que gozan de cierta estabilidad política y económica. Se llama inmigración masiva hacia nuevos horizontes que prometen a esos miles de personas, un futuro lleno de decoro, comodidades y beneficios de todo tipo. Aunque no siempre esto se cumple ni en mínima parte, más aún en aquellas naciones donde impera el racismo, el elitismo y una cultura superior.
Porque quienes emigran, por lo general son gentes que, en sus propios países, la miseria los ha golpeado, precisamente por no tener las “herramientas” culturales, intelectuales o mentales para hacerle frente a las exigencias de esas sociedades que les rodean. Y cuando llegan a Europa, América del Norte y otros puntos considerados “fuertes” o potencias mundiales, se han dado cuenta de que han partido de sus propios países, en clara huida de la discriminación y han llegado a sitios donde esa misma discriminación es, quizás, más apabullante que en el primer estadio.
Tal la situación. Vemos a gentes de tez negra caminando desde el sur de África, atravesando el desierto del Sáhara y haciéndose a la mar en “pateras”, que no son otra cosa que embarcaciones extraordinariamente inseguras (muchas de ellas vuelcan y decenas mueren ahogados en altamar), con la finalidad de alcanzar las costas de Italia, España, Grecia y los Balcanes. Allí mismo, en las playas o en el mismo Mediterráneo, la policía marítima les intercepta y les hace, o entrar en campamentos levantados para contenerlos, o regresar por donde vinieron. La frustración es muy grande, decepcionante y acuciante también, pues prometieron a los que quedaron en casa, enviarles mes a mes bastantes euros para que puedan subsistir en sus países de origen, donde no hay trabajo, educación, medicina; y, por el contrario, hay dictadores, guerra de guerrillas, fanatismo religioso, pandillas criminales y falta de oportunidades que los hunden en la miseria, en una pobreza indigna para el ser humano, considerado la semejanza del mismísimo Dios cuando fue creado.
Ya dijimos: los africanos buscan a Europa; los sirios, libaneses e iraníes, también buscan al Viejo Continente; los haitianos, en el Caribe, se marchan hacia República Dominicana; los cubanos hacia Miami; los venezolanos atraviesan a pie la parte continental de América que va desde Colombia, pasando por el mortal Tapón del Darién en Panamá, cruzan toda América Central y México, hasta encontrarse con la gigantesca barrera metálica que supone ser la frontera sur de los Estados Unidos.
Los venezolanos y haitianos también buscan a Chile, para residir allí, con el enfado manifiesto y sincero de los chilenos, nunca acostumbrados a tales visitantes.
Los argentinos, siempre con ese delirio de querer ser “internacionales”, se pasan todas sus vidas en medio de una “diáspora” voluntaria por todo el planeta y es posible encontrárselos tanto en un barrio de Ulán Bator, Capital de Mongolia, como trabajando como meseros en un restaurante en Veracruz, México. Son como los insectos que te atacan la piel en una selva: están en todas partes.
Los mexicanos se marchan hacia los Estados Unidos, potencia de la que han dicho que se apoderarán de ella en el año tal y tal, como dijo descarada y abiertamente el reportero de la cadena Univisión, Jorge Ramos: “Estados Unidos será nuestro en el año tal….” Por esas afirmaciones irrespetuosas y temerarias, un sujeto como Donald Trump les ha salido al paso y los está expulsado de territorio estadounidense, en autobuses que parten recargados de “mexicans.”
Guatemaltecos, hondureños y salvadoreños también se enrumban hacia los Estados Unidos, comúnmente a pie o sobre el famoso tren de carga llamado “la bestia”, que atraviesa todo el territorio mexicano, hasta la frontera con USA.
Los nicaragüenses cruzan la zona selvática que los separa de Costa Rica, al sur, e invaden a este país en tropel; son cientos de miles los que se ven por todas partes del suelo costarricense y se apoderan de trabajos, sistemas de salud, seguridad social, las mujeres se hacen embarazar allí para que sus hijos les faciliten el arraigo nacional y se olvidan de que una vez nacieron en Nicaragua. Por otra parte, se ha dicho en los últimos días que Donald Trump quiere derribar la dictadura de Daniel ortega y su bruja y horrenda mujer, Rosario Murillo; y si ejecuta esa amenaza, otros miles de nicaragüenses se marcharán hacia la empobrecida Costa Rica, para crear mayor conflicto social en ese otro país centroamericano.
No importa la nacionalidad que emigre, porque lo realmente importante son las causas de esa inmigración y también, lo que van a encontrar en el país de llegada o arribo, que no siempre es halagador ni esperanzador. En muchas ocasiones se encuentran con aviones o autobuses que los esperan, para deportarlos ipso facto.
Fundamentalmente y esencialmente, las potencias mundiales se olvidaron hace décadas de la ayuda al subdesarrollo; incluso, Donald Trump (invariablemente él y no otro), ordenó el cierre de Agencias para el Desarrollo alrededor del ore, aduciendo que estaban llenas de burócratas que se robaban el dinero de los estadounidenses y de gobernantes corruptos que hacían lo mismo con esos millones de dólares donados por Washington. Es decir, un pillastro como Trump, hablando de decencia y defendiendo la honradez. Contrastante sin duda y en plenitud del peor cinismo.
No hubo inversión en fábricas, explotación de los recursos naturales de esas naciones del tercer mundo subdesarrollado; tampoco en hospitales ni en educación, ni en cultura para sus pueblos. Por eso, el hambre no tardó en aparecer, junto a la más degradante miseria en esos ciudadanos. He allí las causas de la inmigración, el problema de nuestro tiempo. ¿Y las soluciones? ¿Dónde están? ¿Cuáles son?


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