POLÍTICA




SANTIAGO-(Especial para The City Newspaper) Los cuatro años que han transcurrido con el ahora ex mandatario Gabriel Boric, de la extrema izquierda furibunda chilena, se han ido sin pena ni gloria. Fue un jefe de Estado tan débil, tan pueril y tan intrascendente, que los votantes chilenos, con esa sabiduría que les da la madurez política que poseen desde 1973, año del golpe de Estado contra el dictador y entreguista (a la URSS), el comunista, Salvador Allende, se decantaron por votar por el candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast, quien acaba de asumir el gobierno en esta nación austral de América del Sur.
Con el ascenso de este nuevo mandatario, Chile y los chilenos parecen haber renovado esperanzas con el afán de que todo -o gran parte de ese todo-, mejore, en especial la economía, la seguridad ciudadana (policial) y que se detenga el flujo incontrolado –por la desidia del Gabinete Boric-, de extranjeros, con toda la problemática que éstos arrastran desde los países donde nacieron.
Desde el momento justo cuando irrumpió en la política de Chile, José Antonio Kast se convirtió en “el blanco” de sus detractores, tanto dentro de su país como fuera de él. En este último renglón, el actual presidente de Colombia, dejando de lado en su comentario que él mismo fue un terrorista urbano, a la cabeza del M-19, que tantas vidas segó en las ciudades colombianas más importantes, se permitió criticar los orígenes de Kast, quien nunca ha puesto una bomba para arrebatar las vidas de personas inocentes y tampoco ha ordenado que se haga tal despropósito; pero Gustavo Petro, lo escribió en estos términos en detrimento del nuevo mandatario de Chile: “Jamás le daré la mano a un nazi y a un hijo de nazi; son la muerte en un ser humano.” Esta publicación suya apareció en su cuenta en la red social X y enfatizamos: Petro tiene el “techo de cristal”, por la enorme cantidad de asesinatos que lleva en su consciencia, cometidos durante la guerra que desató contra el Estado colombiano en las décadas de los años 80 y 90, mientras José Antonio Kast siempre ha ejercido su profesión de abogado con elegancia, distinción y ha sido dueño de una carrera política impecable, ciertamente de ultra-derecha, posiblemente la misma de Jair Bolsonaro en Brasil; o Javier Milei, en Argentina, de quien se confiesa seguro y leal amigo; pero nunca ha amenazado siquiera con quitarle la vida a otro ser humano, como irresponsable y estúpidamente argumentó Petro, un terrorista con sus manos manchadas de sangre en su pasado reciente, muy reciente, porque las décadas en que puso bombas en Bogotá y otras urbes de Colombia, están a la “vuelta de la esquina”, son épocas muy cercanas en la cronoscopia o la medida del mismo tiempo.
En tal caso, el Ministerio de Exteriores de Chile no se quedó callado y por orden expresa del propio Gabriel Boric, a pesar de compartir ideología con el sátrapa Gustavo Petro, emplazó a este colombiano, mostrándole toda la indignación posible y evidente e hizo llegar al Palacio de Nariño, sede del gobierno colombiano, una severa, contundente y fortísima protesta, que precedió a la nota diplomática formal que posteriormente también se hizo del conocimiento de Petro. Todo por escribir insensateces, estupideces o bestialidades en contra del nuevo presidente de los chilenos.
Un poco de su biografía nos ilustra que José Antonio Kast, en los últimos años, ha sido un distinguido abogado nacido en Santiago de Chile, el 18 de enero de 1966. Ciertamente tiene ascendencia alemana, de ahí su apellido inconfundible. Está casado con María Pía Adriasola, tema al que retornaremos más adelante; y es el menor de diez hijos engendrados en Chile por su padre, Michael Kast Schindele, quien, indiscutible e innegablemente, fue miembro del Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán (NSDAP, por sus siglas en idioma germano), fundado en la década de los años 20 por Adolf Hitler y que tan controversial ha resultado en los anales de la historia moderna. Michael se inscribió en este movimiento de masas en Alemania, en 1942, en plenitud de la Segunda Guerra Mundial, como hizo la mayoría de los alemanes de aquella época, ya fuera por órdenes de la dictadura hitleriana o por voluntad y convencimiento propios. En otras palabras, “era lo que correspondía hacer” en aquella Alemania y quien no lo hiciera, se tenía que atener a duras consecuencias, como todos sabemos o imaginamos. José Antonio Kast nunca ha negado sus orígenes, lo mismo que centenas de hijos de alemanes emigrados al cono sur americano, después del final de la Gran Guerra, y a quienes es posible encontrar en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil, principalmente.
Con mayor detalle acerca del padre del nuevo presidente chileno, quien gobernará durante el cuatrienio que irá del 2016 al 2030, diremos que, según una investigación hecha por Associated Press, Michael Kast emigró hacia América Latina después de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y posterior a haber sido miembro del Partido Nacionalsocialista (Nazi), desde el 1 de septiembre de 1942, con el número de socio 9,271,83, cuando apenas contaba con 18 años de edad. El periodista chileno Mauricio Weibel, descubrió este documento en su intento por conocer el pasado familiar del actual mandatario de Chile y el mismo legajo fue verificado por el Archivo Federal de Alemania. También, el historiador Armin Nolzen manifestó a France 24, de la televisión francesa, que “aunque el servicio militar era obligatorio, la membresía en el Partido Nazi era voluntaria” y estima que Michael Kast fue miembro, previamente, de las Juventudes Hitlerianas, por un lapso de cuatro años.
En su favor, el actual presidente chileno, José Antonio Kast, ha afirmado que “mi familia es católica devota, aborrecemos al nazismo y la afiliación (de su padre) fue forzada por un sargento para reasignar a mi padre a Crimea, en lugar de Stalingrado (ciudad donde el ejército de Hitler sufrió su primera y gran derrota o el punto de inflexión que cambió el curso de la guerra, hasta la derrota definitiva en 1945).” Tal era la situación de caos en aquella ciudad industrial soviética, que hoy se llama Volgogrado, que ningún soldado alemán de la época quería ser remitido allí, para ayudar al VI Ejército alemán. En todo caso, José Antonio siempre ha rechazado el calificativo de “nazi” para él, afirmando que ese concepto, en su vida familiar y en la de muchos descendientes de alemanes, obedeció al contexto de la “guerra total (Totalkrieg)”, impuesto en la Alemania de aquellos tiempos.
Se ha sabido con toda fidelidad que Michael Kast, su progenitor, tras la derrota alemana, huyó del campo de prisioneros, regentado por la Armada estadounidense, en Trento, Italia; atravesó los Alpes a pie, hasta llegar a su pueblo natal en Baviera, sur de Alemania y bajo gobierno Aliado. Pocos meses después, se casó con Olga Rist Hagspiel y nacieron sus primeros dos hijos, Michael y Bárbara. Pero en 1951 decidieron marcharse de su patria, hacia América del Sur. Arribaron primero a Argentina y después a Linderos, en la provincia chilena de Maipo, donde fundaron un negocio de embutidos tradicionales alemanes y vinieron a la vida ocho hijos más, en cuenta el actual mandatario de Chile, José Antonio Kast. Sus hermanos mayores se llaman, Michael, quien ministro de Estado durante la dictadura de Augusto Pinochet, un hecho que ambos, tanto este personaje como su hermano José Antonio, nunca han intentado esconder y tampoco es un llamado a la vergüenza en modo alguno. Michael también fue presidente del Banco Central de Chile durante el largo gobierno de Pinochet; otra hermana fue Bárbara, quien murió en un accidente automovilístico a los 18 años de edad, cuando transcurría 1968; también son hermanas suyas, Erika y Mónica, quien es escritora reconocida; lo mismo Verónica, quien, junto a su hermano Christian, se desempeñan como exitosos empresarios; Gabriela, otra escritora; Hans, sacerdote católico; y Rita.
José Antonio también es tío de los políticos chilenos Felipe, Pablo y Tomás Kast.
Aparte de sus orígenes que parten de dos padres alemanes afiliados al Partido Nacionalsocialista de Hitler, la familia del nuevo presidente chileno es profundamente católica y además… practicante hasta la médula, como se dice popularmente. Pertenece al Movimiento Apostólico de Schönstatt.
Fue un día de abril de 1991, cuando José Antonio se casó con su actual y única esposa en toda su vida, María Pía Adriasola Barroihet, con quien engendró la impresionante cantidad de nueve hijos, entre ellos el diputado recién electo en las pasadas elecciones nacionales, José Antonio Kast Adriasola.
La pareja, ahora presidencial, se conoció cuando estudiaban la carrera de Derecho, en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Siendo apenas un “lolito” (muchachito en el habla coloquial chilena), José Antonio Kast fue matriculado por sus padres en el Colegio Alemán de Santiago; y posteriormente en la U. Católica de Chile, como reseñamos en las líneas de arriba. Allí, se licenció en Ciencias Jurídicas, en 1990, con la tesis Los Derechos de Asociación y Reunión, la Libertad de Prensa y el Sufragio en José Victorino Lastarria Santander. Hizo su juramento como abogado en 1991 y desde entonces, ha pertenecido al Colegio de Abogados de Chile. Según podemos ver entonces, no se trata de ningún criminal de guerra, como dijo desproporcionada y bestialmente, Gustavo Petro, el ex terrorista del M-19 y actual presidente de Colombia, repudiado por la mayoría de los colombianos en la actualidad.
De José Antonio Kast hemos de señalar que trabajó también como gerente de la rama inmobiliaria de su familia, desde antes de finalizar sus estudios universitarios; labor que concluyó cuando resultó elegido diputado por la zona de Buin, Calera de Tango, Paine y San Bernardo.
Durante los años 90, Kast ejerció su profesión en calidad de socio del bufete de abogados Kast, Pinochet, De la Cuadra & Cía, sociedad que él fundó en 1989 junto a Francisco Pinochet Cantwell. Kast se retiró en el 2002, para dedicarse a otras “corrientes”, siempre relacionadas con la política y el Derecho.
En otra faceta de su actividad profesional, trabajó como profesor de la cátedra de Derecho Civil y Comercial, en el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, de la Universidad Católica de Chile; y fue integrante del directorio de la Fundación Jaime Guzmán (FJG). También fue concejal de la comuna de Buin (1996-2000); diputado de la República durante cuatro períodos consecutivos (2002-2018). Así que de “nazi” con las manos manchadas de sangre, absolutamente nada. Su trayectoria profesional y política, según este resumen que hemos logrado, ha seguido un camino distinguidísimo y sumamente exitoso, que ha confluido finalmente en la presidencia de la República de Chile, uno de los países más modernos de toda América Latina, con índices educacionales realmente impresionantes y con una cultura provenida desde la Colonia española, realmente asombrosa y admirable. Aspectos de los que nunca podrá alardear Gustavo Petro en su natal Colombia, quien tiene como historial un sendero de crímenes –reiteramos-, de los que es responsable directo y también intelectual, debido a la gran cantidad de bombas puestas en centros urbanos de aquella nación o por los ataques con fusilería a personas inocentes, ajenas a la política de aquellas décadas. Un terrorista con todas sus letras, con todas sus acepciones y todos los asesinatos que pesan sobre su consciencia (si la tuviera).
En el plano político, Kast fue militante histórico de la Unión Demócrata Independiente (UDI), hasta el día de su renuncia, el 31 de mayo del 2016; luego se postuló a la presidencia de la República en calidad de candidato independiente, en los comicios del 2017, cuando alcanzó el cuarto lugar entre la nómica de candidatos o postulantes a tan elevado cargo.
En el 2018 lideró el movimiento Acción Republicana; y en el 2019 fundó el Partido Republicano, que le permitió postularse nuevamente a la presidencia del país en noviembre del 2012 y que resultó ser un intento fallido; empero, en las elecciones a nivel nacional, del 16 de noviembre del 2025, José Antonio Kast obtuvo el segundo lugar con el 23,93 por ciento de los votos; ello le permitió ir a la segunda vuelta (balotaje), contra la izquierdista Jeannette Jara, quien alcanzó el 26,85 por ciento de los sufragios. Evidentemente, ninguno de los dos superó el 50 por ciento de los votos y se vieron nuevamente frente a frente, el 14 de diciembre del mismo año. Fue cuando Kast resultó electo con el 58,16 por ciento, siendo el candidato elegido presidente de Chile con la mayor cantidad de sufragios de toda la historia de esta nación; es decir, con 7,254,850 votos.
Quienes conocen su bagaje político, lo describen como un político ultraconservador y de extrema derecha, un radical incluso. Él no lo niega, ni lo discute, como tampoco intenta ocultar sus nexos con el General Augusto Pinochet, lo mismo que su hermano. Tampoco reniega del pasado político y racial de sus padres, de quienes, según se deduce, se siente orgulloso y agradecido.
Este ha sido un recuento de las experiencias vividas, tanto en lo personal como en lo político, por el nuevo mandatario de Chile, José Antonio Kast, quien asumió el mando de este importante país latinoamericano, el 11 de marzo del 2026 recién ido.
Con “los atestados” personales y profesionales que hemos reseñado anteriormente, así ha llegado a la cúspide del poder este chileno de sangre alemana y que es el corolario de una vida ascendente de éxito en éxito, una existencia que parece haber sido diseñada fríamente por Kast mismo y cuyos pasos ha seguido meticulosamente, hasta alcanzar el objetivo final. Y ha sido tan firme y sólido en su postura y determinación como persona, que las duras críticas que pretendían derribarle, no han dañado ni un ápice su imagen y sus propósitos trazados; por ejemplo, la afirmación recurrente –hasta convertirse en débil “brizna”-, de que es un defensor del gobierno de Augusto Pinochet, argumento enteramente cierto, pues José Antonio Kast nunca lo ha negado ni escondido y, por el contrario, ha hecho alarde de ello, se ha convertido más bien en la otra “pinza” de su axioma político junto a su rechazo a la inmigración con todas sus características y variables. Es decir, haber sido seguidor y hasta propulsor de la dictadura de Pinochet, junto a su oposición a la inmigración desordenada, son los nortes de su ideología. Más la valentía para no negar ni una cosa ni la otra.
Camino al Palacio de La Moneda, sede del gobierno de Chile, Kast enarboló la tesis de que su gestión gubernamental será “de emergencia”, refiriéndose directamente a la misma inmigración y a la inseguridad que azota a todo el país.
Fue en la ceremonia solemne en el edificio del Congreso Nacional, en la ciudad portuaria de Valparaíso, a 110 kilómetros al norte de la Capital, Santiago, donde asumió la presidencia de Chile, ante la presencia de parlamentarios de todos los partidos y una docena de mandatarios invitados, provenidos de varias partes del mundo. Allí, José Antonio Kast, pronunció el “Sí, juro”, a sus 60 años de edad, siendo el primer presidente ultraderechista que llega a La Moneda desde que la nación retomó el sendero de la democracia en 1990. Fue específicamente en el Salón de Honor del Congreso, donde la nueva presidenta de la Cámara Alta, la conservadora Paulina Núñez, le colocó sobre su pecho la banda presidencial con los colores de la bandera chilena y la medalla del libertador en la guerra de Independencia, Bernardo O’Higgins.
Personajes llegados desde diversos puntos de la geografía mundial, se dieron cita en este magno acontecimiento, como el Rey de España, Felipe VI; el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, cuyo país atraviesa en estos momentos una aguda y peligrosa crisis en el enfrentamiento entre las fuerzas del orden y la delincuencia impulsada por los cárteles de la droga llegados desde México; también estuvieron presentes los mandatarios de Argentina, el supra-polémico (y en “horas bajas” en su nación), Javier Milei; de Bolivia, Rodrigo Paz; Panamá, José Raúl Mulino; Honduras, Nasry Asfura; Costa Rica, Rodrigo Chaves; Paraguay, Santiago Peña; y Uruguay, Yamandú Orsi. Llamó particularmente la atención, por todo lo que ella significa y la coyuntura por la que atraviesa su país, la presencia de María Corina Machado, actual Premio Nobel de la Paz y firme opositora a la dictadura en su natal Venezuela, prueba viviente de lo que será la política internacional de Kast en relación con la situación venezolana; es decir, que no le quepa la menor duda a nadie dónde están los sentimientos del nuevo mandatario chileno con respecto a la tiranía que tiene atrapada a esa nación petrolera.
Poco tiempo antes de partir hacia Valparaíso a la toma de posesión, Kast se hizo una foto (la “familiar”, llamada así coloquialmente), con su Gabinete de Estado, que está integrado por 24 ministros, en su mayoría con importante experiencia política, todos ellos vinculados con el sector privado y el mundo académico. La reunión se dio en la residencia oficial del gobierno en Cerro Castillo, Viña del Mar, la famosa “Ciudad Jardín”, como se le conoce mundialmente. Y llaman la atención particularmente los nombres de sus ministros más fuertes, en los casos del economista ultraliberal, Jorge Quiroz, quien estará a cargo de Hacienda; la exfiscal Trinidad Steinert, en la Cartera de Seguridad Pública; y en el Ministerio del Interior, el exparlamentario Claudio Alvarado.
Todos ellos, junto a José Antonio Kast, estarán avocados a cumplir con la agenda presidencial diseñada por este antiabortista declarado, quien manifestó en campaña que “no daré la batalla cultural en materia de libertades individuales y derechos sexuales y reproductivos y me centraré en las principales preocupaciones de los chilenos: seguridad, migración irregular y economía. Las cosas van a cambiar.” Aseveró en lo que muchos, principalmente los extranjeros llegados a Chile, pudieron advertir como una amenaza a su situación como tales, como foráneos en una tierra donde sus habitantes jamás habían experimentado el arribo de “una oleada” de indeseables, quienes han llevado, además de su miseria individual, costumbres reñidas con la innata idiosincrasia de los chilenos.
Sin embargo, y a pesar de que el nuevo presidente tendrá el apoyo de su Partido Republicano y de la derecha tradicional, no tendrá el Parlamento a su favor, que luce dividido y sin una mayoría clara, razón que será motivo de lucha, polémica, política de convencimiento a las posiciones opositoras y hasta concesiones que deberá ceder, a cambio de aceptación y votación a muchos de sus proyectos que, de otra forma, quedarán estancados o detenidos en medio de esa Institución. Es evidente que no todo le ha sonreído a Kast en lo que será el aspecto gubernamental.
El pueblo chileno, curtido en estos avatares de la política, por todo lo que ha atravesado desde 1973, año del derrocamiento del comunista Salvador Allente, está en una posición inmejorable para exigir a sus mandatarios todo lo que no está dentro de su realidad y que son prioridades impostergables. Es así como los chilenos quieren mejoras sustanciales y radicales en seguridad ciudadana, que no es otra cosa que el combate eficaz contra una delincuencia cada vez más “tecnificada”, con armas de mayor poder y actitudes más sangrientas.
Así mismo, los ciudadanos exigen crecimiento económico. Y los dos temas son “las insignias” del nuevo gobierno encabezado por José Antonio Kast. Lo arriba expuesto está más que claro. Allí no cabe discusión alguna y eso es lo que espera este pueblo, sin dilaciones ni evasivas.
En el plano internacional, desde que Kast reapareció en el panorama electoral chileno, hasta alcanzar la presidencia, ha concedido algunas pistas cuando realizó viajes a distintos destinos y que informaron dónde están sus intenciones, hacia dónde se dirigirán y lo más importante, quiénes serán sus amigos y “socios” en el extranjero. Ejemplos de estas afirmaciones fueron sus visitas a Javier Milei en Argentina; a varios líderes de derechas en Europa; y lo último fue la presencia de Kast en la llamada pomposa y extravagantemente Cumbre Escudo de las Américas, citada por el esquizofrénico presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No cabe la menor duda hacia dónde moverá “el péndulo” de la política exterior, el nuevo presidente de Chile: hacia la derecha pura, la más severa, quizás la más radical y posiblemente la más temida por otros sectores que no “comulgan” con esa ideología.
Una muestra del descontento que está causando con sus actitudes, se pudo ver en la negativa del mandatario de Brasil, Lula da Silva, cuya ausencia en el cambio de gobierno en Valparaíso, fue notoria… “habló más que un millón de palabras”; y para acabar de poner el “último clavo en el féretro” de estas relaciones bilaterales chileno-brasileñas, asistió, en representación del gigantesco país suramericano, Flavio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, considerado por Lula un ex gobernante golpista y que ahora sufre prisión, precisamente por la supuesta intención por querer impedir que Lula llegara por segunda vez al poder en Brasilia. La familia Bolsonaro es “la esencia” de la ultraderecha en Brasil. Kast lo sabe y le complace que sea así.
No obstante, el nuevo ministro chileno de Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, fijo al respecto: “Habrá otras oportunidades para reunirnos con él (con Lula); pero desgraciadamente hoy día no ha estado aquí.” Mientras que Flavio Bolsonaro criticó con acidez la ausencia del presidente brasileño en el cambio de mando en Chile. “Lamento que, a estas alturas, Lula no pueda coexistir con quienes piensan diferente a él. Se ve que rebosa intolerancia; incluso rebosa odio. Es presidente de la República, invitado por otro presidente electo de la República y podría perfectamente venir aquí. Prefiere asociarse con países dominados por grupos terroristas, con ceremonias donde los jefes de Estado irrespetan los derechos humanos (…). Así que Lula no se sentiría cómodo aquí en Chile.” Dijo el parlamentario al canal Band, de la televisión “carioca.” De paso, elogió a José Antonio Kast a quien describió como “un conservador de derechas, (y) un gran defensor de la vida (antiabortista).”
Lula también rompió radicalmente toda relación personal con el argentino Javier Milei y el entendimiento bilateral, Brasil-Argentina, se desarrolla por los canales económicos y del ministerio del Exterior.
Regresando a los temas de la inseguridad ciudadana que azota a los chilenos, y la economía, Kast ha dicho que son aspectos que no se resolverán rápidamente y podrían ser los escollos que encuentre al inicio de su gestión. Con base en ello, el politólogo Cristóbal Bellolio, consultado por este periódico, cree que “el gobierno de Kast va a tener que enfrentarse a lo que se enfrentan todos los gobiernos actuales, que es haber generado altas expectativas frente a una ciudadanía con poca paciencia y poca tolerancia a la frustración. Esto, considerando, sobre todo, que su base política incondicional es reducida, a pesar del número de votos que obtuvo en segunda vuelta, porque muchos de esos votos son más bien ‘prestados’”, de parte de aquellos chilenos que votaron por él, pero que lo hicieron no “por kast,” sino en contra de la entonces candidata de izquierdas, Jeannette Jara.
El analista cree que la comunicación de parte del nuevo gobierno tiene que ser efectiva y eficaz, “pues, aunque las demandas ciudadanas no se pueden resolver en unos pocos meses –afirma-, es muy probable que se use una estrategia que va a ser bastante efectista, que no es lo mismo que efectivo. Va a ser efectista de que va a tratar de desplegarse con símbolos, actitudes, declaraciones e iniciativas que hagan parecer que este gobierno actúa con sentido de urgencia y emergencia en las cuestiones más delicadas, como la inmigración, entendiendo que hoy es más importante la comunicación y la percepción que la realidad. En Chile, como en cualquier parte del mundo, el dato no mata al relato. El relato se impone en la política.” Afirma Bellolio, quien es académico en la Universidad Adolfo Ibáñez.
En opinión del ex ministro de Defensa chileno, Francisco Vidal, “el aspecto internacional representará un factor de tensión importante (para el nuevo gobierno), porque de seguro Trump le pedirá a Kast que despeje la presencia del principal enemigo de los Estados Unidos: China. Pero resulta que en Chile la red de intereses económicos vinculados a Pekín, es enorme (establecidos, construidos y heredados del gobierno anterior, del marxista Gabriel Boric, por su afinidad al comunismo chino y todo lo que fuera de izquierdas en el mundo). No sólo Codelco, que es una empresa Estatal, le vende el cobre a China, sino que las demás exportaciones hacia los chinos provienen del sector privado chileno. Evidentemente “hay una contradicción entre la ideología (derechas) y el interés del sector privado”, explica Vidal. Y añade sobre lo que puede suceder en corto espacio de tiempo: “Trump talvez no sepa bien dónde queda Chile en el mapa, pero veremos qué pasará cuando alguien le diga que el 53 por ciento de la distribución eléctrica de Chile está en manos de los chinos; o que el 45 por ciento de las exportaciones chilenas van a parar a China. El problema con el cable chino no fue nada en comparación con lo que puede pasar en este nuevo escenario mundial. De hecho, los mismos analistas de derecha ya han manifestado que no saben si el presidente Kast será el presidente conciliador que vimos en su primer discurso tras el triunfo en la elección, o si va a ser el presidente que concurrió para juntarse con Orbán (Hungría) y Trump. Lo que ha ocurrido estos últimos días y semanas, es que el gobierno de Kast ha tenido que enfrentarse a una cuestión para la que no estaba preparado, este desorden del concierto mundial, el famoso nuevo orden global. La discusión internacional no es parte del discurso de Kast, nunca lo fue y, sin embargo, se transforma en una cuestión central de la que no se puede abstraer. De hecho, los problemas que ha tenido hasta ahora Kast, tienen que ver con malas decisiones en el campo internacional. En su última acción en este ámbito, Kast va a la cumbre de besamanos de Trump, donde no queda muy claro qué gana Chile. Hasta ahora, la tradición política exterior chilena era de continuidad y no iba de la mano con el gusto ideológico del presidente de turno.” Puntualiza en su análisis de la situación que se vive en la actualidad a nivel global, el desorden y la inseguridad en la economía de mercado, causada por Donald Trump, quien, a no dudar, cuando note la afinidad financiera que existe entre Chile y la China comunista, hará todo lo posible por destruir ese ligamen o, en su defecto, perjudicar al nuevo mandatario chileno. Porque deshacer un comercio fluido, como sucede con los chinos, será hartamente difícil cuando las pautas ya están establecidas con firmeza y las ganancias para el país suramericano transitan por un camino seguro. Es lo que argumenta Francisco Vidal: cuando Trump se percate de que el principal socio comercial de Chile es China, le va a explotar la cabeza en mil pedazos al salvaje presidente de los Estados Unidos y después vendrán sus reacciones igualmente salvajes y brutales.
Para finalizar, José Antonio Kast apenas tomó el mando en el Palacio de La Moneda, en Santiago, ordenó la construcción de un muro o barreras físicas en la frontera norte con Bolivia. El objetivo es desincentivar la inmigración irregular. Cumple así con el inicio de una de sus promesas de campaña.
Se volvió hacia el jefe del ejército chileno, Pedro Varela, y le dejó escuchar: “Le solicito la colaboración activa en el aumento de funcionarios (más guardias para dicha zona fronteriza), y le encomiendo también que nos colabore en la construcción de barreras físicas para detener el ingreso de la inmigración ilegal en la frontera con Bolivia.” En acto seguido, firmó sus seis primeros decretos presidenciales, tres de ellos destinados a detener la migración irregular. Y es que en todo Chile hay 337,000 extranjeros que viven al margen de las leyes migratorias; esto es, sin la documentación requerida para tales efectos e ingresaron por el norte, en una frontera que se torna “muy porosa” y permite fácilmente el ingreso furtivo de cientos de personas por semana.
Recapitulando: los vértices del nuevo gobierno chileno serán incentivar e impulsar la economía, poner en orden la situación de los migrantes que han ingresado a Chile sin los permisos pertinentes; y combatir a la delincuencia con la creación de un país seguro, en el que se pueda caminar por sus calles, incluso en altas horas de la noche, sin que los ciudadanos sufran asaltos, asesinatos o secuestros. El primer paso en este sentido, lo dio kast tras haber logrado el triunfo en las elecciones, al visitar a Nayib Buckele, mandatario de El Salvador, un punto de referencia en materia de seguridad ciudadana para todos sus colegas a lo largo y ancho de las Américas, desde Canadá hasta Tierra del Fuego.
Por lo pronto, Kast es una promesa que se irá manifestando (o extinguiendo según sea el caso), a medida que su gestión gubernamental avance con el paso de los días. Una promesa para los exigentes ciudadanos chilenos.
DAMASCO, Siria-(Especial para The City Newspaper) Esta es la segunda gran alegría que han experimentado los sirios que viven dentro de su demarcación territorial. La primera fue cuando su dictador de siempre, Bashar al-Assad, tomó un avión en la entonces Base militar rusa en la provincia de Latakia y se exilió en Moscú; y esta segunda se refiere al levantamiento de las sanciones económicas que pesaban sobre la dictadura siria y todo el país, por parte de los Estados Unidos y que mantenían en la pobreza a esta nación destruida por una cuasi-interminable guerra. La noticia ha causado revuelo y felicidad en esta milenaria Capital y da la oportunidad para tomar el punto de partida e impulsar a este pueblo (el persa), hacia el logro y el repunte económico que necesita con urgencia.
Para recapitular un poco, la dictadura de al-Assad, heredada de su padre, y que tenía visos de convertirse en algo permanente ante el disgusto de los sirios, no fue del todo perjudicial si la vemos desde el ángulo de la guerra de liberación que libró contra el supra-criminal Estado Islámico (ISIS o Daesh), que se había apoderado de la mitad de Siria y de Irak, y que incluía los pozos petroleros que había hecho inmensamente ricos de la noche a la mañana a aquellos yihadistas. Bashar, en ese momento determinado de la realidad siria, se erigió en el libertador, no sólo de su país, sino del resto a nivel internacional que tenía en su poder el yihadismo fanático y ultra-salvaje que apareció en Oriente Próximo tras la ejecución del ex dictador iraquí Saddam Hussein (recordemos que los cabecillas del Daesh eran ex militares de alto rango del ejército de Hussein).
Ese conflicto no sólo costó miles de vidas de soldados sirios, quienes, valientemente y apoyados por un todavía admirable Vladímir Putin, quien intervino en el conflicto por medio de la aviación rusa, vencieron a los criminales del Isis, quienes dejaron un país totalmente destruido, que ahora mismo es posible observarlo en medio de su impresionante postración humano/infraestructural. Además, las “oleadas” de ciudadanos sirios atravesando los territorios de Turquía, los Balcanes, hasta llegar al centro de Europa, fueron proverbiales, tristes, preocupantes y un pésimo ejemplo de los daños que puede causar una guerra allí donde se geste y se libre.
Lo anterior para recordar que, si algo se le debe agradecer a Bashar al-Assad, fue precisamente la liberación de su país, de unas hordas, los yihadistas del Estado Islámico, que asesinaban mediante ejecuciones de personas inocentes, cuando consideraban que habían cometido faltas, por más insignificantes que fueran, a las leyes decretadas por ellos mismos con base en la sharía. Esos macabros asesinatos, propios de una mala película sangrienta de Hollywood, llenaron las páginas de internet y las redes sociales en tiempo real, e hicieron retroceder a la humanidad hasta la cruel Edad Media, cuando los musulmanes invadieron Europa y se dieron a la tarea de cometer ultrajes de todo tipo en los territorios conquistados. Sin embargo, esta vez, el tiempo de al-Assad en el poder, ya había expirado…
El derrocamiento de al-Assad, además de sorprendente, fue fácil, casi sin oposición alguna, ya que su victorioso y heroico ejército que acabó técnica y prácticamente con los yihadistas del Estado Islámico, depuso las armas ante un grupo de combatientes apoyados e impulsados por el gobierno turco de Erdogan y le permitía hacerse con el poder en Damasco. Bashar tomó un avión militar ruso, apresuradamente, en la Base rusa ubicada en Latakia, junto a su esposa y sus hijos, con destino a Moscú, donde yace no se sabe si en condición de amigo (aunque Putin carece de amigos por completo), huésped o prisionero del tirano que gobierna a Rusia. Y la verdad es que Putin, en cualquier momento, podría entregarlo a la Corte Penal Internacional (CPI), pues en él no se puede confiar en modo alguno. Depende de lo que le dicte su cerebro brutalmente criminal esa mañana cualquiera cuando tome la decisión de traicionar a su “amigo.”
La inacción de parte del ejército de al-Assad ante los revolucionarios que causaron su derrocamiento, se debió a la ausencia de los rusos, quienes, enfrascados en la guerra contra Ucrania, no pudieron atender la nueva crisis que ese estaba dando en Siria; y una vez que el grupo revolucionario tomó las riendas del poder en Siria, nació la preocupación en el mundo Occidental, pues tenía visos de ser una facción yihadista, quizás el mismo Estado Islámico (EI) o Daesh, el que había regresado apoyado por Turquía, pero ahora entronizado en el poder en Siria. La interrogante que planteaba era: ¿Por qué nos preocupa y qué debemos esperar ahora? El gobierno del sedente Joe Biden, en sus últimos días en Washington, hacía manifiesta esa preocupación, pues consideraba que se trataba de “un reflote del Isis ahora con el dominio en Damasco.” Fue cuando personeros de alto rango de la Casa Blanca dijeron: “Monitoreamos de cerca la crisis política en Siria, que escaló (…) con el derrocamiento del gobierno de Bashar al-Assad (…). Hasta el momento, nuestras prioridades están centradas en asegurar que el conflicto del país no fomente el resurgimiento del grupo militante Estado Islámico o conduzca a una catástrofe humanitaria. (…) Estamos en contacto con socios regionales (…).” Expresó en aquel instante Jake Sullivan, quien fungía como asesor de seguridad nacional y agregó: “En fases anteriores de la prolongada guerra civil de Siria, en su peor momento, vimos la explosión de ISIS en escena. La principal prioridad es asegurar que la lucha en Siria no conduzca a un resurgimiento de ISIS. Vamos a tomar medidas nosotros mismos, directamente y trabajando con las Fuerzas Democráticas Sirias, los kurdos, para asegurar que eso no suceda.” Así lo dejó escuchar durante una conferencia en Simi Valley, California, organizada por el Foro de Defensa Nacional Reagan.
En aquel tiempo, los Estados Unidos tenían en Siria unos 900 soldados, fuerzas que trabajaban directamente con los aliados kurdos –los mismos que están enfrentados con Recep Tayip Erdogan, presidente de Turquía-, en el noreste que estaba controlado por la oposición a al-Assad. Lo que pretendían dichas fuerzas estadounidenses era, precisamente, impedir el resurgimiento del Daesh que, en todo caso, mantiene células en distintos países, incluyendo a la mismísima Rusia en la actualidad.
Pocos días después del derrocamiento del dictador sirio, al-Assad, Benjamín Netanyahu, para no perder su sanguinaria costumbre y calmar su sed de sangre humana vertida, ordenó bombardear “sobre lo bombardeado” en Siria; es decir, sus aviones sobrevolaron zonas destruidas sirias para bombardear no sabemos qué… pero que el dictador israelí explicó que eran almacenes de armas químicas –el mismo pretexto utilizado contra Saddam Hussein en Irak-; pero, en el fondo, la intencionalidad de este judío era hacer ver a la nueva administración siria que allí estaba Israel, ahí estaba su “poder” (presuntamente), y en una posición para “hacer añicos” a lo que quedó dentro de la destrucción siria. Ese alarde de “poderío” (nótense las comillas), lo mostraron los israelíes ante un país destruido en el 99,9 por ciento de su infraestructura, cansado por más de 14 años de guerra intestina y con un pueblo en franca migración, a pie, hacia zonas de paz. También los judíos atacan a otras naciones fronterizas o cercanas, siempre y cuando algún portaaviones estadounidense esté anclado en el Mediterráneo o en el Mar Rojo y así garantice la seguridad de dicho ataque judío. Lo cual significa que los hebreos no se juegan ninguna carta que involucre un riesgo evidente o inminente a su cobarde ejército.
Así se presentaban las cosas, los hechos, en Siria, durante la segunda mitad del año pasado, el 2024…
Pero “el corolario” a la postrante situación siria, lo puso el propio Donald Trump, quien escribió en su red social Truth y tras haber ganado las elecciones de los Estados Unidos en noviembre anterior: “El país (Siria) es un desastre y no es nuestro amigo. Esta no es nuestra lucha.”
Empero, a pesar del caótico panorama que presentaba esta nación –y que ha presentado a lo largo de su extensísima guerra ulterior-, los grupos armados que participaron en la caída de al-Assad, acordaron, de manera espontánea y feliz, la disolución. Es decir, a pesar de que Netanyahu continuaba bombardeando a su país destruido, los sirios procuraban no perder la felicidad al verse libres y la esperanza de reconstruir sus ciudades y la sociedad. Ya durante su andadura por el terreno en guerra, se mencionaba y se conocía quién era el cabecilla de esos grupos, quien resultó ser Ahmer al Sharaa, quien representó ser el nuevo foco de preocupación para Occidente, ya que se trataba de un yihadista en el amplio sentido de la palabra, cercano o aliado con el Daesh en lo peor de la guerra sufrida por iraquíes y sirios. Mientras tanto, los grupos que él lideró se reencontraron, pero esta vez bajo el comando del Ministerio de Defensa. Es decir, tomaban la legalidad como camino. Sólo hacía falta darle estatus legal al nuevo gobernante, quien, hasta aquel instante, se mantenía de facto al frente del país.
Con el paso de las fechas, el nuevo gobierno sirio, a pesar de los temores que despertaba tener a un yihadista en la cúspide, dio muestras de querer efectuar un cambio radical, tanto en lo político como en lo social en toda la nación persa, no sin olvidar el espinoso tema de las armas. Fue cuando al Sharaa dijo: “No permitiré en absoluto que las armas escapen al control del Estado.” Esa enunciación fue un aviso positivo de lo que sobrevendría en su gobierno que, para empezar, sería muy diferente a todo lo que había vivido (y sufrido) Siria y los ciudadanos sirios. En lo profundo del alma de la nación, comenzaba a nacer la esperanza, ese sentimiento que no es otra cosa que “esperar” del destino que sucedan “cosas nuevas y buenas.” Atrás quedaba una de las guerras más cruentas y extensas, experimentadas en Oriente Próximo y que superaba a otros conflictos en la región, en el pasado. Fue una conflagración que comenzó en el 2011 y que dejó más de medio millón de muertos, la mayoría civiles que estaban “en el borde” del enfrentamiento armado. Una guerra que fragmentó al territorio sirio en zonas de influencia, controladas por distintos grupos beligerantes, respaldados por potencias regionales e internacionales. E, incluso, con la presencia clara y evidente de soldados de los Estados Unidos, la OTAN y Rusia, allí… en el terreno. Y en lo más alto del poder, un dictador que se negaba a dimitir y que, según imágenes presentadas por los rebeldes que lo derrocaron, era productor y exportador de sustancias prohibidas, de drogas que fueron encontradas en laboratorios clandestinos, en cantidades industriales. De tal modo, la imagen de “padre y protector de la patria” de Bashar al-Assad quedaba así totalmente desvirtuada y acorde con una realidad reñida con los principios y los valores que todo gobernante debería tener en su fuero interno.
Sin ninguna duda, los sirios en el poder y la migración masiva que ha estado estacionada en Turquía (recordemos que la Unión Europea ha dado millones de Euros al gobierno turco para que no deje pasar a los migrantes a territorio europeo), han dado muestras de que quieren alcanzar esos sueños que la dictadura anterior y la guerra, se encargaron de disipar y desaparecer. Han dado señales de que desean una patria siria floreciente, resurgente, moderna, enriquecida en todo aspecto y que sea tierra de promisión para sus hijos y nietos.
El hecho de que su nuevo Gabinete, a pesar de que esté presidido por un ex yihadista cercano al Daesh o Estado Islámico (EI), no haya contestado a los ataques armados y a mansalva de parte de Israel y haya preferido lograr la estabilización del país y la paz de sus habitantes, ha sido también una gran y buena señal para las potencias Occidentales y en el caso particular de los Estados Unidos, para que el impredecible e ignorante Donald Trump haya tomado una decisión que resultará, además de sorprendente en su inicio, de gran positivismo para esta nación de Oriente Próximo, cual es el levantamiento de las sanciones económicas que tanto daño causaron a Siria en el pasado reciente y la hizo volcarse hacia el bando de Putin y su nefasta Rusia, el “país negro” (sumido en la oscuridad) de toda la Tierra.
Los observadores de la realidad siria manifiestan que el levantamiento de las sanciones podría estabilizar al país en muchos sentidos; y ello hizo que la noticia sacara a los sirios a las calles para celebrar espontáneamente el hecho que está por darse. Han pasado 45 años enteros de tener sobre sus cabezas dichas sanciones y el aislamiento internacional al que fue sometido este país, con todas las consecuencias dolorosas que ha significado.
Ha sido de tal envergadura el anuncio, que el Ministerio de Exteriores de Siria lo calificó de “punto de inflexión crucial y una oportunidad vital para que Siria busque la estabilidad, la autosuficiencia y una reconstrucción nacional significativa, liderada por y para el pueblo sirio.” Según sus propias palabras expresadas a los medios de prensa nacionales y extranjeros, presentes en su Despacho ministerial. No obstante, todavía no se ha aclarado por parte de Washington, si ese levantamiento del castigo financiero se militará a sectores específicos, como la ayuda humanitaria internacional, la banca o el comercio en general, o si habrá ciertas condiciones. En el pasado, la Unión Europea (UE), había levantado algunas sanciones; pero otras continuaron vigentes; razón por la cual, Kaja Kallas, jefa de la política exterior del bloque europeo, propuso a la misma UE y a los Estados Unidos, “una mayor flexibilización de las sanciones contra Siria.” Y Julien Barnes-Dacey, director del programa para Oriente Medio y el Norte de África del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR por sus siglas en inglés), dijo al respecto: “Aún tenemos que ver si las palabras de Trump se traducen en acciones, dada la amplia gama de medidas impuestas al país (Siria). Este podría ser un proceso más largo de lo que muchos sirios esperan. Aun así, si se logran levantar las medidas clave de Estados Unidos, y esto está vinculado a una estabilización del entorno de seguridad sobre el terreno, se crearían condiciones mucho mejores para facilitar la entrada del apoyo económico urgentemente necesario, sin el cual el nuevo gobierno tendrá serias dificultades.”
La realidad del país persa exige la inversión primaria que oscila entre los US$400 y los US$1,000 millones para proceder a la reconstrucción de todo lo que la guerra dañó o hizo desaparecer, después de 14 largos años de conflagración.
Por otra parte, una de las buenas señales que el nuevo gobierno (de transición), ha dejado ver e interpretar en Siria, ha sido el llamado a incorporarse a su realidad nacional a todos los diversos grupos políticos y religiosos, a los cuales se les mantuvo al margen, en el exilio o se les persiguió a lo largo de la anterior dictadura. Ante este aviso, Donald Trump manifestó del presidente interino que gobierna en Damasco que “Al Sharaa es un verdadero líder.” Incluso, en su reciente viaje a Oriente Próximo, el presidente de USA se reunió con el sirio y se le vio en medio de un cordial abrazo que no dejó dudas acerca de la buena disposición que hacia él tiene Trump. Pero el estadounidense exigió a su par sirio cinco aspectos con los que deberá cumplir para que los favores financieros y de colaboración se den de parte de la Casa Blanca. Veamos: 1. Firmar los Acuerdos de Abraham con Israel, que pide, dentro de otras cosas, la normalización de las relaciones diplomáticas y establecer la paz con el Estado judío; 2. exigir a todos los terroristas extranjeros que abandonen Siria; 3. deportar a los terroristas palestinos; 4. ayudar a los Estados Unidos a prevenir el resurgimiento del Estado Islámico (EI) o Daesh; y 5. asumir la responsabilidad de los centros de detención del EI, ubicados en el noreste de Siria.
Para Nanar Hawach, analista sénior para Siria del International Crisis Group, “mejorar las relaciones con Israel sería importante, considerando que Israel se ha convertido en un importante actor desestabilizador en Siria desde la caída de al-Assad. (porque los judíos) ha estado realizando cientos de ataques aéreos contra las capacidades militares sirias y una invasión de territorio en el sur y sin llegar a algún tipo de entendimiento, Israel probablemente seguirá siendo un factor desestabilizador (en Siria, además del resto de Oriente Próximo). Históricamente, Siria e Israel son enemigos y han existido múltiples conflictos entre ellos desde la fundación de Israel en 1948, pero los beneficios probablemente superarán las posibles consecuencias.” Puntualizó el observador. Adicional a ello, los sirios necesitan rodearse de gobiernos que no escatimen en la paz, para que puedan reconstruir tanto su gobierno, como el tejido de la sociedad, recibir a los emigrados y levantar la infraestructura a nivel nacional; y un conflicto con alguno de sus vecinos, frustraría los proyectos que el nuevo Gabinete de gobierno quiere realizar y causaría mayor caos del ya vivido y sufrido por esta población. Empero, el problema que subsiste con Israel, además de los ataques armados que los israelíes han llevado a cabo en decenas de oportunidades a la sedente siria, en un acto de matonismo premeditado, cobarde y a sabiendas de que los portaaviones estadounidenses anclados en los mares adyacentes, les cubren las espaldas a los judíos, Tel Aviv no ha reaccionado a las posibles relaciones diplomáticas con el nuevo gobierno de Damasco y está dentro de la mayor incertidumbre si en el futuro cercano los hebreos querrán suscribir el convenio de paz bilateral.
Lo cierto es que, desde el 2011, Siria ha creado una de las mayores crisis de refugiados a nivel mundial, ya que más de 14 millones de personas huyeron de su territorio en busca de paz, seguridad, trabajo, alimento y rehacer sus vidas, principalmente en Europa, con el rechazo evidente sufrido en muchas de esas naciones que se manifestaron en contra de su acogida. Pero, con la caída de Bashar al-Assad, hasta el momento han regresado a Siria unos 1,8 millones, tanto desplazados dentro del propio país, como retornados desde el extranjero. Ya han regresado a sus comunidades, de acuerdo a un informe elaborado por la Organización Internacional pata las Migraciones (OIM), de la ONU, publicado en mayo de este 2025. “Pero las dificultades y la falta de servicios esenciales, están obstaculizando los esfuerzos de recuperación.” Señala el mismo informe.
Así las cosas, el levantamiento de las sanciones económicas de parte de la Casa Blanca, podría ser el acicate para que la nueva Siria “remonte el vuelo”, ahora en medio de una libertad administrativa o gubernamental, que casi nunca la ha tenido su pueblo, tras el derrocamiento de la dinastía de los Assad, quienes se traspasaban el poder de abuelo a padre y de éste al hijo. Será el transcurso del tiempo el que vaya acomodando y aclarando las circunstancias, más la dirección que tomen las autoridades que hoy ostentan el poder. Por lo pronto, las esperanzas lucen henchidas y causan felicidad en este sufrido pueblo.
WASHINGTON D.C. USA-(Especial para The City Newspaper) Su arribo y presencia en la Casa Blanca en dos oportunidades, ha sido semejante a un tsunami que lo ha destruido todo a su paso, sembrando pánico, verdadera angustia en las personas cercanas e, incluso, en aquellas que no están en su entorno, pero que dependen de una manera u otra de sus intempestivas y aberradas decisiones.
Es evidente que Donald Trump es un personaje supra-controversial, que causa una polémica cada vez que abre su boca y que tiene la extraña característica de poner en tensión tanto a gobiernos como a personas individuales. Siempre ha sido así. Y toda esa actitud se desprende de su grosera, fortísima y permanente prepotencia y de su arrogancia, de ese creerse que el mundo le pertenece y le está permitido hacer lo que a él se le ocurra en cualquier momento que decida. Y así como lo es el actual mandatario de EE.UU, hay millones de individuos alrededor del planeta, quienes ocupan plazas importantes y también menos importantes de trabajo y otros que deambulan por las calles sin labor alguna. Si llegase alguna de ellas a tener poder verdadero, actuaría igual o peor que Donald Trump y en detrimento de los demás congéneres.
Alcanzar el poder, le ha servido a Trump a manera de plataforma firme, segura e indestructible, para mostrarse ante el resto de la humanidad como el “dios mitológico” que se siente ser en su interior. Tener a su disposición al ejército más poderoso del orbe, las mejores armas (nucleares incluso) y una economía extraordinariamente fuerte, han significado para él las herramientas perfectas para “matonear”, alardear, amenazar, atacar y creerse una especie de Nerón de nuestro tiempo: sanguinario, grosero, intempestivo, inhumano, colosal y temible.
No hay día en el que Trump se levante tranquilo, pacífico (y pacifista), respetuoso y deseoso de “hacer girar mejor al planeta.” No, su naturaleza le indica, su cerebro retorcido le ordena que debe intranquilizar o sacar de quicio a todo aquel que a él se le ocurra en ese preciso instante. Una de sus últimas decisiones y acciones, además de amenazar a Dinamarca con arrebatarle “de cualquier modo” a la isla de Groenlandia, sólo “porque sí”; y con volver a bombardear a Irán, ha sido la remoción de decenas de embajadores alrededor de la Tierra, sólo porque muchos de ellos fueron nombrados por administraciones demócratas anteriores. La purga se asemeja a las realizadas por Josef Stalin, el dictador de Rusia, en su tiempo. Ciertamente estas de Donald Trump no han sido sangrientas (aunque poco le ha faltado para llegar a ello), pero en cuanto al número y el método se han asemejado a las del georgiano que ostentaba el poder en la entonces Unión Soviética de los años 30, 40 y 50.
Todos esos diplomáticos removidos de sus puestos, profesionales de carrera, asumieron sus funciones durante la presidencia de Joe Biden, el archienemigo de Trump, a quien éste no le perdona el hecho de que lo derrotara en las elecciones trasanteriores y lo echara de la Casa Blanca. Han sido 29 diplomáticos cesados de sus puestos de embajadores y de otros cargos y ha buscado darle plaza a un personal nuevo, completamente alineado con la agenda de los “Estados Unidos primero” (“America first”), y, por lo tanto, tenían que ser todos republicanos comprobados.
De tal manera, los jefes de misión emplazados en unos 29 países, fueron debidamente notificados de que sus mandatos iban a expirar en este mes de enero del 2026 y no serían renovados. Esta información se filtró desde el Departamento de Estado, cuando dos funcionarios de la administración actual, de Donald Trump, lo comunicaron subrepticiamente a la prensa.
En un principio, estos mismos embajadores de los Estados Unidos, cuyo único “pecado” ha sido el de pertenecer al Partido Demócrata, sobrevivieron a una primera purga decretada por el presidente actual, de los primeros meses de este gobierno; pero en una segunda arremetida, resultaron inevitablemente perjudicados al ser removidos de sus puestos laborales en el extranjero. Sin embargo, no perderán del todo sus empleos debido al hecho de que las leyes de su país los protegen, pero fueron obligados a regresar a USA para desempeñar otras funciones, en el tanto estuvieran de acuerdo; o, de lo contrario, tendrían que irse para sus casas. Muchos de ellos se decidieron por esto último.
Las representaciones más afectadas han sido las de África, en primer término, con 13 delegaciones intervenidas; luego le siguieron las embajadas en Asia, con seis; y Europa, con cuatro embajadores cesados.
En una nota oficial, el Departamento de Estado no precisó el número total de los dignatarios afectados, pero se excusó al señalar que “los cambios obedecen a un proceso estándar (que se da) en cualquier administración”; pero llama poderosamente la atención que solamente los demócratas fueron removidos. Y el comunicado agrega: “Un embajador es un representante personal del presidente y es derecho del presidente asegurarse de tener en estos países, individuos que promuevan la agenda de ‘Estados Unidos Primero.’” Puntualiza.
Empero, el medio de prensa llamado “Político”, advierte que se ha tratado de una reestructuración inusual, porque involucra a enviados de carrera procedentes de las filas del Servicio Exterior, lo cual es una nueva señal de la desconfianza que ha sentido Trump hacia los funcionarios del Departamento de Estado, a quienes sus asesores han calificado de ser un “bastión del liberalismo”, que no es otra cosa distinta a pertenecer al Partido Demócrata, al cual Trump odia con todas sus fuerzas inhumanas.
Otra purga reciente, llamada peyorativamente “el hacha de Hegseth”, ocurrió en el Pentágono, sitio donde este secretario de Guerra (antes de Defensa), es el “semidiós” que allí manda, “hace y deshace”. Ha realizado esa purga en generales y retrasó o canceló ascensos en al menos otros cuatro altos oficiales militares.
Los despidos y desplazados de sus puestos por este individuo, que es uno de los preferidos de Trump, precisamente por su tozudez, su dureza, su radicalismo y sus ansias de sojuzgar a los demás, sean pueblos o gobiernos, suman dos docenas de oficiales militares, a lo largo de estos últimos nueve meses. Ha sido una serie de destituciones que podrían reconfigurar a las Fuerzas Armadas estadounidenses durante los años que le quedan a Trump en la presidencia. Resulta evidente que lo que busca el mandatario es colocar a gente absolutamente fiel y leal a sus movimientos seudo-políticos (pues Trump no sabe absolutamente nada de política), gente que no lo cuestione por nada y que acate sus caprichos y órdenes “al dedillo”, sin queja o crítica alguna.
Lo cierto es que el supra-violento Hegseth dio de baja a almirantes y generales, tanto activos como retirados, sin explicación alguna que mediara en estas decisiones y que han contradicho, incluso, a los consejos que le dieron los altos mandos, en el sentido de que no hiciera las destituciones, ya que varios de ellos son auténticos héroes de guerra, que han brindado un servicio inconmensurable a los Estados Unidos y esos, quienes aconsejaron al secretario de Guerra, participaron en guerras junto a los destituidos y los conocen perfectamente y saben de la valía de todos ellos.
Esas acciones han creado en el Pentágono un clima de “ansiedad y desconfianza” y han obligado a los altos mandos a tomar partido y, en oportunidades, se han enfrentado en fuertes alegatos entre sí. Es por esa causa que se dice que en esta Institución hay una latente y evidente división de generales “pro-Trump” y “anti-Trump.” En cuanto a los ascensos que están pautados desde antes de la llegada de Donald Trump al poder, se ha revelado que Hegseth los ha retrasado o cancelado, al menos en cuatro altos oficiales, porque antes trabajaron para el general retirado Mark Milley, quien se desempeñó como jefe del Estado Mayor Conjunto, hasta el 2023, bajo los presidentes Donald Trump y Joe Biden; o manifestaron apoyo a los programas de diversidad (homosexuales en el ejército), equidad e inclusión (DEI), o cuestionaron operaciones militares estadounidenses que fueron ordenadas por la Administración Trump en diferentes etapas. La más sonada fue el abandono de Afganistán y la entrega de ese país nuevamente a los talibanes, que si bien es cierto que se realizó en los primeros meses del gobierno Biden, fue Trump y su entonces secretario de Estado (de los muchos que tuvo), Mike Pompeo, quienes pactaron en Doha revolverle la dictadura a los fanáticos islamistas que han sumido nuevamente a Afganistán en el retroceso y en la criminal ley de la Sharía (la ley draconiana que determina las vidas de los afganos actuales, lo mismo que en el criminal Estado Islámico).
Ante tales decisiones e imposiciones nada respetuosas de parte del mandatario como de su secretario de Guerra, Pete Hegseth (quien tiene tatuado todo su dorso y brazos con motivos supremacistas blancos), los expertos advierten que ese ambiente politizado y de incertidumbre que se vive actualmente en el Pentágono, podría conducir a un desastre en las altas líneas militares y poner en riesgo la legitimidad de las Fuerzas Armadas. “La larga tradición apolítica de las Fuerzas Armadas estadounidenses, siempre se ha basado en una norma, según la cual los militares evitaban la política, mientras que el liderazgo civil respetaba y protegía a los militares de la contienda política.” Afirmó recientemente Stanley MacChrystal, ex jefe de las tropas de operaciones especiales de élite en Irak y Afganistán, durante muchos años. Y para la senadora demócrata, Elissa Slotkin, ex oficial de la CIA, quien hizo importantes análisis de las Fuerzas Armadas extranjeras, describió las medidas de Hegseth como “una purga” al mejor estilo stalinista. Y Kori Schake, especialista en defensa y ex asesora del ex presidente George W. Bush, manifestó estar preocupada porque el mismo Hegseth está “desperdiciando una enorme cantidad de talento.” Pero, según ocurre siempre con Trump y su séquito de fanáticos irracionales, si alguien no comulga con su caprichosa e ilógica manera de pensar y actuar, es mejor enviarlo “a retiro” o purgarlo de su cargo, para ser mayormente explícito con la descripción.
Tanto en el servicio exterior como en el ejército norteamericano, lo que ha acontecido se fundamenta en la naturaleza desquiciada de estos supremacistas blancos que ahora ostentan el poder en USA, casos que se seguirán produciendo mientras estos mismos sostengan y mantengan el poder.
Con esa persistencia que le caracteriza, con esa insistencia por romper con lo establecido, con demoler todo lo que se encontró a su paso, Donald Trump no sólo arremetió contra el servicio exterior de los Estados Unidos, según relatamos al inicio de este reportaje y su lacayo Hegseth lo hizo contra la alta oficialía castrense, sino que ha ordenado el retiro de su país de 66 organizaciones internacionales, con el consecuente daño a estas entidades. Treinta y una de ellas están vinculadas a la ONU, para que saquemos conclusiones acerca de esta determinación.
Sin que le temblara el pulso ni lerdeándose para hacerlo, el mandatario de USA firmó el decreto que ordenó dicha retirada de esos organismos mundiales. “Ya no sirven a los intereses estadounidenses”, fue la explicación que la Casa Blanca publicó en la red social X. Además, esta determinación obedece a su seudo-política “Estados Unidos primero” (“America first”), que está resultando ser una verdadera “motosierra” que corta con todo lo que se posa ante la mirada destructiva de Trump.
Ya en su primer gobierno había decidido retirar a los Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el Clima y de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura); así mismo, abandonó a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es decir, ha estado “desapareciendo” a EE.UU de todos los organismos que resultaban vitales tanto para los estadounidenses como para el resto de los países alrededor del mundo.
No conforme con lo anterior, Trump ha ordenado el recorte de la ayuda económica al extranjero y ha reducido los presupuestos de numerosas organizaciones de la ONU, que se han visto en la necesidad imperiosa de disminuir sus actividades, como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR); y el Programa Mundial de Alimentos (WFP).
En septiembre del año pasado (2025), Donald Trump atacó, desde el podio para oradores de la mismísima ONU, a esta organización global, a la que calificó “muy lejana de alcanzar su potencial”; y su actitud en aquella oportunidad fue hartamente arrogante, pendenciera, grosera y tendiente a humillar a quienes se le pusieran por delante. Con ello, da la impresión de que el presidente de USA lo que quiere es contraer hacia el centro del poder en los Estados Unidos, todo aquello que a él, primeramente, le parece inservible a sus intereses; y, en segundo término, que representa un gasto oneroso para el tesoro estadounidense. Recordemos que Trump y gran parte de su equipo humano, responden, antes que todo, a intereses económicos y lo demás es secundario o digno de no ser tomado en cuenta ni un ápice siquiera. De tal manera, el calentamiento global, la ayuda al tercer mundo subdesarrollado (en alimentación, medicina y otros rubros), el combate a las epidemias y demás, eso es simplemente “descartable”, o fácilmente “prescindible.”
Aparte de lo anterior y en otro escenario, esta vez con respecto a la isla danesa de Groenlandia, Trump ha visto la oportunidad de poner más tensión sobre “la mesa”, casi de inmediato, después de que el ejército de los Estados Unidos, por medio de un ataque sagaz e impresionante contra el dictador venezolano Nicolás Maduro, al que sacó, de manera quirúrgica e impecable de su lecho cuando dormía, volvió su mirada hacia la isla más grande del planeta y ha amenazado con apoderarse de ella por la fuerza, si los daneses no se la venden.
El problema que ha generado se centra en que Trump no escucha ni cree en la diplomacia, representa para él una absoluta molestia y un escollo al fin y al cabo, para sus intenciones; por eso aparta primeramente a todos los diplomáticos como el caso de su secretario de Estado, Marco Rubio, quien no ha dicho nada acerca de este diferendo. Por otra parte, ha creado una peligrosa escisión en la OTAN, la Alianza Atlántica, ya muy insegura y quebradiza desde que Trump regresó al poder, y que podría causar un enfrentamiento –inconcebible e inaudito hace unos meses atrás-, entre soldados europeos y estadounidenses, rompiendo lo poco seguro que queda de este organismo militar. Por supuesto, quien se frota las manos y sonríe complacido en el Kremlin, es el dictador de Rusia, Vladímir Putin, quien, al ver a la OTAN desmoronarse, le quedaría toda Europa Occidental a su alcance para ser atacada, de igual o peor forma como lo hizo con Ucrania.
Los daneses han viajado a Washington para dialogar con Trump, le han dicho que están dispuestos a cederle más territorio para que establezca allí nuevas bases militares, pero el norteamericano no lo ha aceptado, porque su idea fija, inquebrantable y tozuda, es apoderarse de la isla, rica en minerales que vendrían a enriquecer todavía más a Trump y a su grupo de inversionistas judíos que le hacen la corte.
Ante tales circunstancias, Alemania, Noruega y Francia han enviado contingentes armados, que son más bien destacamentos de soldados en misión simbólica, pues, a las primeras balaceras de tanteo contra los estadounidenses, depondrían las armas. No dispararían a quienes los europeos consideran que son siempre sus aliados; aunque éstos lleven la orden de aniquilar a todo aquel que quiera defender los intereses de Dinamarca en la isla en cuestión.
Analistas consideran que el envío de esas tropas, reducidas tropas, a Groenlandia, no afecta en absoluto al objetivo final de presidente de los Estados Unidos, cual es quedarse con el control absoluto de la isla. Y esto mismo lo ratifica a diario y en toda rueda de prensa, la vocera de la Casa Blanca y el mismo Trump. “No creo que la presencia de tropas de Europa influya en el proceso de toma de decisiones del presidente, ni que afecte en absoluto a su objetivo de adquirir Groenlandia”, ha expresado la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, en conferencia de prensa, con esa cualidad innata que tiene de decir siempre lo que conviene a su gobierno. En esto es extraordinaria esta joven periodista al servicio del gobierno de USA. Esto significa nada menos que una eventual invasión estaría por producirse sin contratiempos y de manera descarada, como le gusta actuar a Donald Trump, sin importarle el daño colateral y directo causado a los involucrados.
Prontamente llegarán a esa isla soldados de Finlandia, Suecia y los Países Bajos; aunque la pregunta que sobrevuela a este tema es: ¿Harán algo si los soldados estadounidenses desembarcan o se lanzan en paracaídas sobre Groenlandia, dispararán contra quienes son todavía sus aliados en la OTAN? La historia señala que el único enfrentamiento armado que se ha dado en el interior de la OTAN, fue entre Grecia y Turquía, en torno a un diferendo por Chipre.
En todo caso, aparentemente los dirigentes de la OTAN han afirmado que la llegada de esos soldados multinacionales a la isla, es para detener cualquier intento de invasión, no de los Estados Unidos, sino de China y Rusia. “Han llegado para reforzar su seguridad nacional”, han expresado, y rebajar las inquietudes de Washington en lo que respecta a la seguridad de la isla y la región ártica.
En el fondo del problema, en la reunión sostenida entre el vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, quien piensa igual a su jefe Donald Trump en casi todos los asuntos que éste asume y provoca; Marco Rubio, el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Lars Lokke Rasmussen, y su colega groenlandesa, Vivian Motzfeldt, solamente se acordó la creación de un grupo de trabajo que servirá para abordar las discrepancias con Washington. Pero la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, indicó: “Fue una buena reunión y en ella ambas partes acordaron establecer un grupo de trabajo compuesto por personas que continuarán manteniendo conversaciones técnicas sobre la adquisición de Groenlandia.” Nótese que utilizó el término verbal “adquisición”, de manera abierta, directa, clara y sincera, lo cual sólo deja ver que Trump quiere la isla así, de cualquier manera, se opongan o no se opongan los groenlandeses, daneses y miembros de la OTAN. En ese aspecto nada ha cambiado. Es cuando reafirmó lo anterior de este modo: “Las conversaciones entre las tres partes se llevarán a cabo cada dos o tres semanas. Trump ha dejado muy clara su prioridad: quiere que Estados Unidos adquiera Groenlandia.”
Es así cómo, en cualquier momento, nos daremos cuenta por la prensa de esta noticia, con este titular: “Tropas de los Estados Unidos han llegado a Groenlandia para adueñarse de la isla.” Y nadie lo podrá evitar, nadie va a disparar a los invasores y ese territorio pasará a manos estadounidenses, como sucedió con todo el sur fronterizo con México, cuando los norteamericanos los invadieron y los arrancaron a sus legítimos dueños, en un robo sin precedentes en la historia de las naciones y cuya única razón ha sido la sinrazón de la fuerza militar y el deseo de acaparar más y más tierras. Algo semejante a lo que quiere hacer Putin en el Donbáss, en su intención de arrebatárselo a Ucrania. Y a los dictadores de turno y en este caso al esquizoide Trump, cualquier pretexto argumentado le resultará válido para dejárselo escuchar a los pueblos que han observado esa anexión ilícita e inmoral, con las mandíbulas desencajadas por la sorpresa.
Paralelamente, Donald Trump ha amenazado con imponer aranceles a los países, cuyos gobiernos no apoyen su plan para la isla ártica; es decir, su invasión militar flagrante y descarada. De tal modo, ya están advertidos: o aceptan las barrabasadas que a Trump, el Nerón de nuestro tiempo, se le ocurren a cada instante, aunque violen reiteradamente al derecho internacional, o sufrirán las nefastas consecuencias por sus negativas.
Según algunos medios de prensa, para ser personaje del año no se requiere ser un personaje excelso ni haber conseguido logros importantes en beneficio de la humanidad, sino que toman en consideración únicamente el grado de popularidad que ha alcanzado a lo largo de determinado tiempo; y en este sentido, Donald Trump ha sido, sin duda alguna, el personaje del año pasado, “un dominante líder para un planeta que baila a su ritmo.” Ha titulado un articulista de un importante periódico europeo y añadió en el encabezado de su crónica: “El Siglo XXI aún es joven, pero si ya hay una figura determinante es la del presidente de EE.UU, con su nuevo estilo y personalidad explosiva. La persona más comentada de la política internacional reparte tanta intensidad e inconsistencia a la vez, que el mundo se ve arrastrado por él a remolque.”
También el historiador H.W. Brands, quien ha escrito más de 30 libros a lo largo de su periplo como observador de la política de los Estados Unidos, se ha expresado de esta forma de Donald Trump: “De la nada, en 2015, Trump tomó el control del Partido Republicano y del imaginario populista estadounidense. Suponiendo que goce de buena salud, para cuando deje la Casa Blanca en 2029 –si es que lo hace según el calendario constitucional (?)- habrá sido durante casi una década y media la persona más comentada de la política mundial. (…) Desde su segunda investidura, ha emprendido un esfuerzo sin precedentes para centralizar el poder en la presidencia. Si tiene éxito, Trump habrá continuado, y quizás completado, un desarrollo que se ha gestado durante décadas. (…) Trump podría no dejar el cargo después de todo (?). En ese caso, su legado será más dramático y perdurable que el de Jackson o Roosevelt, ya que significará el fin del republicanismo estadounidense, cuyo sello distintivo es la obediencia a la Constitución y al Estado de derecho. Si deja el cargo el 20 de enero de 2029, la gran pregunta será si las normas que ha roto seguirán rompiéndose bajo sus sucesores.” Aparentemente, para contestar de alguna manera su pregunta final, JD Vance sería su sucesor y parece que se ha comprometido a seguir con sus actitudes (no política, porque lo que hace Trump no es modo alguno algo que se parezca a la política) y en Europa se le teme mucho más que a Trump, “su padre” en esto de gobernar (o desgobernar para ser más exactos), pues se afirma que Vance es mucho más radical, más impulsivo y más tiránico que aquel.
En todo caso, en menos de 12 meses de su regreso al poder en USA, Trump ha sacudido a la sociedad con una serie de medidas, órdenes, contraórdenes, ruptura del Estado de derecho, la tradición, el respeto a las reglas y a todo aquello que consideramos lícito dentro del alma de un país: ha despedido a miles de empleados, ha cerrado empresas y oficinas como la legendaria Voz de América, la televisión y la radio que actuaban como voceros de gobierno de Washington y que lo hicieron durante décadas enteras, quizás poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial; ha amenazado con aranceles, ha perseguido a los más débiles dentro y fuera de los Estados Unidos, ha llenado, para ese mismo fin, las calles de las ciudades estadounidenses con hordas policiales, que han asesinado flagrantemente a hispanos y gente de color que, dentro de la concepción racista de Trump, eran gentes que “no valían nada.” Ha amenazado con todas las formas posibles a quienes considera sus detractores y enemigos, ha bombardeado países como Irán, naciones en África y recientemente a Venezuela; se ha apoderado de barcos gigantescos cargados de petróleo, hasta en las mismas barbas de Rusia, sin que Putin pudiera exclamar absolutamente nada, atemorizado y empantanado en su estúpida guerra contra Ucrania; y ha ultimado a pequeñas y humildes embarcaciones en el Caribe, sin cerciorarse si llevaban droga en su interior o eran simples pescadores hechos a la mar. Es cuando un periodista español describe: “La lista de acciones, reacciones, excesos y quebrantos es casi infinita, abrumadora, imposible de digerir para una sociedad acostumbrada al imperio de la ley y fiel creyente en el mito de los pesos y contrapesos. Y que se pregunta, en shock, si las costuras aguantarán, si habrá elecciones libres o competitivas en los próximos años (?), si estamos no sólo ante el fin del Siglo XXI, sino del mito fundacional de la República (contra los reyes y la tiranía) en su 250 cumpleaños.
“Lo suyo es mucho más que gestión o política. Es la implantación de un nuevo estilo, una narrativa rompedora en la era del scroll infinito. Un lenguaje propio, brutal, sin frenos. Trump ha hecho cotidiano lo que era impensable e imposible. (…) Cuando él tose, el resto se resfría.”
Periodistas, analistas, politólogos, sociólogos y el pueblo llano que conoce de estos avatares, coinciden cuando dicen que este segundo mandato de Donald Trump es muy parecido a una monarquía absolutista, donde él es el que ejerce el dominio total, tanto en la Casa Blanca como en aquellos sitios donde va. De ahí esta otra descripción: “(…) en 2025 se ha juntado el poder casi ilimitado de la gran superpotencia (USA), una voluntad caprichosa, un narcisismo inabarcable, una actitud cruel o nihilista (son constantes las comparaciones con Nerón y el circo, incluso literalmente cuando quiere llevar a gladiadores modernos a combatir este año en la Casa Blanca) y la personalidad explosiva, incontenible. (…).
”El presidente, que tiene gracias al Tribunal Supremo, inmunidad casi absoluta para sus actos oficiales, ha convertido la Casa Blanca en su dorado Palacio de Versalles. Recibe visitas diarias para que le rindan pleitesía, reparte favores a cambio de prebendas y tiene una corte itinerante y llena de aduladores que va con él de Washington a Mar-a-lago. Su familia ha ganado miles de millones de dólares este año mientras el patriarca despliega el ejército para fines político-personales, ignora al Congreso, desafía a los jueces o envía como embajadores al padre de su yerno (París) o la ex novia de su hijo (Atenas). Hay incluso fantasmas de bacanales sexuales que lo persiguen, con el caso Epstein dañando su autoridad entre las bases del universo MAGA.”
Lo arriba expuesto es parte del todo que compone a este sujeto repulsivo para el mundo civilizado, que le apoda el “zanahorio” por el tinte de su cabello color naranja; pero tiene más rasgos que le embrutecen todavía más, como la total insensibilidad con respecto a los asesinatos que causó directa e indirectamente. Esa inhumanidad la notamos cuando le dijo a los periodistas en la puerta de la Casa Blanca: “Netanyahu sabe lo que tiene que hacer…” en clara referencia a las matanzas, a las masacres que el judío ha efectuado con su ejército de criminales en la Franja de Gaza. Trump le dio luz verde para ello. Y al día siguiente, después de los bombardeos y los miles de asesinados, desayunó su “combo” de Mac Donald’s sin que el apetito se le hubiera ido por la pena o la tristeza por los masacrados en Gaza. En este mismo renglón, ha hablado de reconstrucción, de desescombro, pero no ha hablado de restablecer la vida en la Franja, de levantar empresas, escuelas, mucho menos hospitales y muchísimo menos con advertir al vampiro Netanyahu que si vuelve a bombardear a los palestinos, se las tendrá que ver con él. Nada de eso. Su inhumanidad es total, su desafecto al sufrimiento de los demás es muy evidente; lo cual nos señala que en Washington, en el centro del poder de los EE.UU, quien habita allí es un ser sin entrañas, sin alma (un auténtico desalmado), quien ordenó capturar a Nicolás Maduro y quiere un cambio en Venezuela, que no propició, dicho sea de paso, porque ha dejado instalada allí a la misma dictadura narco-comunista, pero no para llevar un mejor estilo de vida a ese pueblo, sino para usurparle el petróleo y otras riquezas naturales que posee esta nación de América del Sur.
De tal modo, Trump no sabe lo que es humanismo, no sabe lo que es caridad, solidaridad, respeto por el semejante, ayuda a las naciones y pueblos que subsisten por debajo de la línea de la pobreza y, por el contrario, les ha quitado toda ayuda de los Estados Unidos, sin emitir ningún comentario al respecto, porque el resultado de todo ello le importa poco o nada.
Ciertamente es el personaje del 2025, elegido así por la prensa internacional y estamos de acuerdo con ello; pero no porque tenga la sensibilidad de Martin Luther King o el sentido de la justicia de Abraham Lincoln, sino porque es un ser degenerado, que arrastra cadenas muy pesadas, plenas de vulgaridad, obscenidad, lascivia, fraude financiero y otras ilegalidades que ha cometido y que ha puesto con todas esas características de personalidad y muchas otras más, al mundo de cabeza, preocupando a europeos, plegándose a Vladímir Putin, quien lo maneja o manipula a placer desde el Kremlin, y cobrándole en dinero contante y sonante las armas que da a Ucrania para que se defienda del tirano que les ha invadido. Hasta en esto se nota su inmoralidad: Trump no dona las armas para que ese pueblo invadido por los rusos se defienda con propiedad, como lo hacía Biden, sino que hace negocio con esas armas, vendiéndolas a Kiev. Y para colmo de su inmoralidad, le ordena al mandatario ucraniano, Volodimir Zelenski, que regale grandes porciones de su territorio a Putin, que se desarme, que no ingrese a la OTAN nunca jamás y que se retire de la presidencia de su gobierno. Lo resultante de ello, a Trump le vale poco, le importa nada.
Es el personaje del año 2025, pero por sucio, inmoral, deshonesto, fraudulento, terrorista, necrófilo (le gusta el olor que despide la muerte de seres humanos), por ser aliado de criminales como el judío Netanyahu o el ruso Putin, por belicista, desalmado, arrogante, pedófilo, supra-orgulloso e indeseable; porque se ha hablado de él más que de otro personaje y porque el resto del mundo lo odia más que lo acepta, le quiere o le comprende.
