
Si Irán Decide Atacar Dimona, Todo Habrá Acabado Para Israel
DESIERTO DE NÉGUEV, Israel-(Especial para The City Newspaper) Quiéralo o no, le guste leerlo o escucharlo o no, es la tenebrosa y fatídica realidad a la que está expuesto Israel, a pesar de que Netanyahu se sienta “arropado” o acuerpado por el voluble, ignorantísimo y supra-salvaje Donald Trump, el monigote de la Casa Blanca, que el judío domina a placer.
¿Y por qué es un inminente peligro que podría acabar con el belicoso y criminal Estado judío? Porque los iraníes tienen misiles hipersónicos, indetectables e incontenibles por el tan llevado y traído “Escudo de Hierro” que los israelíes han plantado alrededor de su territorio, en especial sobre Jerusalén, Haifa y Tel Aviv y que los persas han demostrado cuantas veces han querido, que de nada sirve cuando se trata de atacar a los hebreos. Hoy, muchos barrios de Tel Aviv y Haifa están hechos añicos por las explosiones de esos cohetes que suben hasta el espacio exterior y descienden con una velocidad endemoniada, para destruir con una facilidad pasmosa sus objetivos. Esos misiles podrían ser lanzados contra la base de experimentación y creación atómica cercana a la localidad de Dimona, al sur de Israel y hacer estallar todas las bombas atómicas que allí se amontonan y hacer desaparecer al minúsculo y siempre violento Estado judío en mil pedazos. Incluso, hace pocas horas, el Estado Mayor iraní así lo hizo escuchar: “tenemos a Dimona en nuestra mira.”
Dilucidado el plan e identificado el peligro, entremos en algunas descripciones ineludibles e importantes para entender mejor la problemática:
El ya no tan “ultrasecreto” Centro de Investigación Nuclear de Israel
De la misma forma como los israelíes conocen hasta los ínfimos detalles del ejército y los políticos iraníes, así mismo conocen los persas todo acerca de los judíos en su territorio. Pero antes de seguir adelante, debemos poner sobre el “tapiz” de la discusión un hecho de gran relevancia y que es ventajoso para Irán y perjudicial para Israel: el territorio de ambos países. Aun para los Estados Unidos, atacar a Irán es un problema de gran calado, justamente por la enormidad de su geografía, sus desiertos, sus escarpadas montañas, sus cavernas y, ante todo, la distribución de sus cohetes en diferentes puntos de ese territorio. Lo cual significa que le pueden destruir mil veces su Capital, Teherán, pero ello no incidirá en el funcionamiento de su aspecto militar, mismo que podrá funcionar desde cualquier sitio donde mantengan sus bases, muchas de ellas móviles en grandes furgones que transportan los misiles.
Por el contrario, el territorio israelí es sumamente pequeño y además, densamente poblado. De hecho, los hebreos han supeditado toda su seguridad a una fantasiosa red defensiva, que han llamado pomposamente “Escudo de Hierro”, “Honda de David” y demás nombres que, a la hora de las verdades, se asemejó más a una película de ciencia ficción que a la realidad que el pueblo creyó de sus demagogos, seguidores de su criminal dictador, Benjamín Netanyahu. Y una vez que el famoso “domo” quedó burlado y penetrado reiteradamente por los misiles iraníes, la pequeñez de este territorio se ha convertido en “la jaula del ratón, donde es fácil aniquilar al roedor.” El roedor no es otro que el pueblo judío aquí acantonado. Muchos de los detractores del pueblo hebreo aducen que ahora están sufriendo algo parecido a los palestinos de la Franja de Gaza, donde viven (o malviven para ser más precisos), amontonados, en una densidad poblacional inaudita, la más densa del planeta por kilómetro cuadrado. Por esa razón, los bombardeos israelíes a lo largo de dos años, nunca pudieron ser quirúrgicos como dijeron los criminales militares hebreos, porque el estallido de una bomba es capaz de asesinar a cientos de palestinos en una sola detonación.
Para concretar, el Centro de Investigación Nuclear del Néguev está situado en este desierto judío, a unos trece kilómetros al sureste de la ciudad de Dimona. Por ello se le conoce también como la base atómica israelí. Es el lugar donde los judíos fabrican sus bombas nucleares, mismas que compiten en cantidad con las que tiene la China comunista en estos momentos precisos.
Pero su nombre oficial es Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres Negev. Comenzó a ser edificado en 1958, con el asesoramiento técnico y científico del gobierno de Francia; aunque se desconoce la cifra en millones de dólares que los israelíes pagaron a los europeos, para que éstos les vendieran sus secretos. En aquel lejano año, se construyó el primer reactor nuclear, con la supuesta finalidad de alimentar una planta desalinizadora, que supuestamente también iba a permitir el cultivo del desierto del Néguev. Fue cuando se vendió la idea y la imagen de que los “judíos hacían florecer al desierto”, en una “postal” idílica de lo que presuntamente era este pueblo, siempre caminando “de la mano de Dios… el dios de Israel” del que nos habla la Biblia, la Biblia escrita por los mismos y antiquísimos hebreos.
Sin embargo, ese argumento falso que hizo creer a muchos ingenuos que ese Centro de Investigación tenía fines puramente agrícolas, escondía en el trasfondo el comienzo de la Era atómica de los judíos. Prontamente, las sospechas, especialmente de las Naciones Unidas y del asesinado presidente norteamericano, John F. Kennedy, quien siempre se opuso al hecho de que Israel tuviera bombas atómicas y así se lo hizo ver al Primer Ministro Ben Gurión, fueron dilucidadas, gracias al espionaje de la CIA. Hay quienes aseguran que el asesinato de Kennedy realmente fue por este motivo: los judíos pagaron para que le dispararan aquel mediodía en Dallas, Texas, cumpliendo aquello que afirmó en una oportunidad Adolf Hitler, de que “todo presidente de los Estados Unidos que se opone a los judíos, es eliminado” del camino con rapidez. Una teoría que se fundamenta en una tenebrosa e ineludible realidad y que no es nada descartable acerca de ese magnicidio del joven mandatario estadounidense.
Es así como muchos expertos mundiales en asuntos de Defensa, han asegurado que el reactor de Dimona, desde un principio, tenía el objetivo de construir bombas atómicas, tal y como lo hace descarada y abiertamente, sin importar el qué dirán y la “miopía” del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), “capitaneado” por el argentino (¡?) Rafael Grossi, totalmente plegado a las exigencias de los israelíes y en contra de Irán. Lo cual quiere decir que Grossi no ha sancionado nunca a los judíos por su “racimo” voluminoso de bombas atómicas; pero se ha opuesto tajantemente al hecho de que los persas desarrollen su programa nuclear. Y ha sido tan nefasto y destructivo este sujeto suramericano, que sus reportes han servido a la CIA, al Pentágono, al Mossad y al gobierno dictatorial israelí, para atacar salvajemente a Irán y su pueblo. Por culpa de este argentino, una y otra vez ambos ejércitos, el judío y el estadounidense, han asesinado a militares y científicos iraníes y han causado la guerra que ahora mismo, en marzo del 2026, estamos observando contra la nación persa. A pesar de su descaro y su posición anti-iraní, Rafael Grossi, el argentino llegado desde las antípodas, quiere ser elegido Secretario General de la ONU, después de demostrar su parcialidad criminal –secuaz de Washington y Tel Aviv, en contra de Irán-, y de no convencer con su patética capacidad para tan alto cargo.
En todo caso, cuando se le ha dicho a los judíos, en foros internacionales, que la planta de Dimona fue creada con fines armamentísticos o de destrucción masiva, éstos callan significativamente y nunca han confirmado o desmentido esas teorías, esas sospechas, en aplicación de lo que se conoce en el ámbito diplomático con la definición de “estrategia de la ambigüedad.”
Lo cierto es que este reactor fue activado entre 1962 y 1964; y con el plutonio producido y algo de uranio enriquecido, adquirido en forma misteriosa (aunque la “Operación Plumbat” ha revelado todo lo concerniente a este delicado tema), las Fuerzas de Defensa israelíes crearon sus primeras armas nucleares, antes de la famosa Guerra de los Seis Días. Se cree también que científicos franceses y de otras nacionalidades (estadounidenses e ingleses), trabajaron arduo, cobrando sus buenas cantidades de dólares, que los judíos pagaban gustosos a cambio del favor criminal que les estaban concediendo.
El gobierno de Israel siguió mintiendo al respecto, como ha mentido en múltiples ocasiones, principalmente para justificar los ataques a naciones y gobiernos vecinos, que han efectuado desde 1948, año de la fundación del Estado judío.
En lo que estriba a la “Operación Plumbat”, se llevó a cabo en 1968 por el Mossad, el servicio secreto de Israel, en colaboración con Lakam, la Oficina de Relaciones Científicas, concebida en 1957 por Israel para proteger y apoyar al programa nuclear, pero el nombre que le dieron (una “tapadera” como suelen hacer los judíos), fue de Oficina de Cometidos Especiales. Lakam recopilaba información científica y técnica, tanto de fuentes abiertas como encubiertas, fuera de las fronteras del Estado judío. Fue disuelta en 1986, tras el estallido del caso de Jonathan Pollard, uno de los pasajes más oscuros de la joven historia de este país.
Un traidor estadounidense aparecido inesperadamente
Sucintamente narraremos que Pollard era un analista civil del Centro de Alerta Antiterrorista o Centro de Inteligencia del Servicio de Investigación Criminal Naval de los Estados Unidos. En noviembre de 1985, el FBI le “pinchó” varias conversaciones telefónicas con personeros del gobierno israelí, como aquella con Rafi Eitan. En esas pláticas que Pollard creía eran completamente encriptadas y por lo tanto seguras, ofreció sus servicios a la inteligencia judía; pero el Mossad lo rechazó, porque no pudo aceptar que se espiara a un país aliado, en el caso de los Estados Unidos, y mucho menos en territorio estadounidense. Pero Lakam aceptó el ofrecimiento, aunque fuera alta traición a Washington, el amigo hasta entonces “imperturbable” y solícito de los israelíes. De hecho, cuando comenzaron a llegar los documentos ultra-secretos enviados por Jonathan Pollard, los mismos israelíes se sintieron abrumados por toda la cantidad de documentación que se les hacía conocer de espaldas a la Casa Blanca y al Pentágono. Así también, se sintieron escépticos por la cantidad de datos obtenidos; pero tampoco rechazaron la excelente calidad de la información que, en todo caso, concernía a Israel y que los EE.UU. le negaba a Tel Aviv, a pesar de ser gobiernos amigos y del memorándum de entendimiento suscrito entre ambos Estados en 1983. Es decir, los estadounidenses ocultaban información sensible a los israelíes y éstos se sintieron prontamente defraudados y desconcertados. Pero Pollard se los hizo llegar.
El hebreo Rafi Eitan citó, en el consulado de Israel en Nueva York, al oficial superior de Pollard y le informó sobre la actividad de espionaje y venta de documentación ultra-secreta. De inmediato, se revisaron esos papeles y fueron devueltos a sus correspondientes archivos. Luego sobrevino el arresto de Pollard y el gobierno judío declaró oficialmente que la operación se llevó a cabo sin su conocimiento; aunque muchos aseguran que esa es otra de las mentiras dichas por Tel Aviv, con tal de no ensuciar su imagen y que, en todo momento, los gobernantes israelíes estaban al tanto de la altísima traición del estadounidense y celebraban que los documentos les fueran entregados.
La contrainteligencia de los Estados Unidos cometió un grave error al creer que era el Mossad el que estaba detrás de todo este asunto y consideraba a Pollard un amateur, cuyas actividades dañaban la reputación de la inteligencia exterior de Israel. Pero lo que sí hizo el Mossad fue ofrecerle a Pollard sacarlo subrepticiamente de su país y darle protección; sin embargo, fue hecho prisionero y 37 años después de su captura, se trasladó a vivir a suelo israelí.
Siempre el gobierno judío negó su implicación en la Operación Pollard; su entonces primer ministro, Shimon Peres, negó a pies juntillas que supiera acerca de aquel ciudadano estadounidense que trabajaba para la inteligencia de USA y suministraba información a la agencia que Peres mismo había fundado: Lakam. Pero fue nuevamente Eitan quien afirmó en una entrevista, muchos años después, que todas las actividades de Lakam, incluida la Operación Pollard, “se habían realizado con el conocimiento de los gobernantes o superiores políticos”, contando, por supuesto a este premier.
Todo este asunto fue llamado “Operación Plumbat” y cuyo único objetivo era conseguir el material que Israel necesitaba con urgencia y de manera imprescindible, para construir sus armas nucleares; y Pollard los ayudó por medio de su acto de traición a las políticas de los Estados Unidos, cuyo gobierno abrió los ojos para no confiar en modo alguno en los israelíes, a pesar de que les han brindado, además de una férrea y sólida amistad, la protección que ahora mismo estamos viendo en esta guerra contra los iraníes.
Siempre dentro de la misma “Operación Plumbat” (nombre que proviene del latín y se refiere a los contenedores que llevan plomo y se usan para transportar materiales radioactivos), Francia dejó de suplir a los israelíes el uranio para el reactor nuclear de Dimona, después de la Guerra de los Seis Días; pero, aun así, con esa partida de los franceses del territorio hebreo, éstos aparecieron con 200 toneladas de óxido de uranio que pertenecía a la compañía belga Union Miniére. Era un envío que se hacía por mar de Amberes a Génova e iba a bordo del carguero alemán Scheersberg A. De pronto desapareció este barco con las 200 toneladas de óxido de uranio, conocido popularmente con el nombre de “torta amarilla.” Después, el mismo carguero reapareció en un puerto turco, pero sin el cargamento. Se lo habían robado. Había sido transferido a otro navío israelí en alta mar. Un acto de piratería en plena época moderna. En todo caso, el Mossad, el servicio secreto judío, violó los controles de la Comunicad Europea de la Energía Atómica para Materiales Nucleares. Es así como lo que hemos narrado en este amplio reportaje es la base del poderío atómico del que tanto presumen los israelíes en estos momentos. Espurio desde todo punto de vista. Inmoral e indecente, pues se ha fundamentado en el robo, la mentira, la piratería y el engaño.
Es por ello que el gobierno de Israel siempre ha afirmado que el reactor de Dimona ha sido creado y usado sólo con fines productivos, pacíficos y para beneficio de la agricultura y del pueblo hebreo; no obstante, algunos aviones U-2 estadounidenses que han sobrevolado este lugar para medir los niveles de radioactividad en el aire, han reportado que éstos son altísimos, fuera de lo normal y no tienen nada que ver con el uso de la energía atómica con objetivos pacíficos. Por otra parte, una señal detectada por un satélite de los Estados Unidos sobre el Atlántico, el 22 de septiembre de 1979, fue una prueba nuclear realizada por Israel, conjuntamente con el entonces régimen racista de Suráfrica y que ha sido conocido con el nombre de “incidente Vela.”
Hay que recordar que, a inicios de los años 60, cuando la inteligencia estadounidense descubrió el objetivo verdadero de Dimona, cual es el uso bélico de la energía nuclear, exigió a los israelíes someterse a inspecciones internacionales. Los Judíos aceptaron, pero con la condición de que fueran solamente inspectores de los Estados Unidos y nunca del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el mismo que le han propinado a los iraníes desde años atrás. Los mismos judíos pusieron como requisito que las inspecciones deberían ser notificadas 6 meses anticipados y que no fueran por sorpresa (pues podrían encontrar aspectos no muy normales en el tratamiento del uranio enriquecido, por ejemplo). De hecho, los israelíes sabían de antemano sobre las visitas de los inspectores y ocultaban el objetivo real del complejo, que era la fabricación de armas de destrucción masiva. Instalaban falsos muros y otros dispositivos, antes de cada visita de los norteamericanos. Por esa razón, los inspectores informaban al gobierno de los Estados Unidos que su trabajo se tornaba ineficiente e inútil, por los obstáculos y engaños que ponían los judíos. Incluso, restringían casi por completo el ingreso a las áreas que podían recorrer los visitantes extranjeros. En 1969 finalizaron esas supuestas labores y nunca más se inspeccionó nada en Israel. Un gobierno que nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear, para que tengamos una idea todavía más fiel y exacta del comportamiento de los israelíes en relación con este tema.
Las conversaciones entre John F. Kennedy con el primer ministro hebreo, David Ben Gurión, el padre del Estado judío, fueron particularmente ásperas, duras, sin entendimiento casi, porque el fallecido mandatario de USA se oponía radical y tajantemente al hecho de que Israel alcanzara el arma nuclear. Hay quienes aseguran sin ambages, equivocaciones ni complejos, que el asesinato de Kennedy fue planeado y pagado desde Tel Aviv, con el objetivo de “allanar el camino” hacia la creación de la bomba atómica judía. Una tesis que no deja de ser creíble y mucho menos, descartable, porque, tratándose de israelíes, todo puede acontecer, más aun desde el ángulo del crimen, el complot y la traición.
Fotografías reveladoras y convincentes
Para aquellos que todavía confiaban en la presunta honestidad de los israelíes, pronto iba a sorprenderles la verdadera realidad (valga el terminología). Porque en 1986, Mordechai Vanunu, un antiguo ingeniero de Dimona, reveló pruebas contundentes de la existencia del programa nuclear judío. En concreto, tomó 60 fotografías de la central de Dimona, mismas que fueron publicadas al completo por el periódico inglés The Sunday Times. Esta información, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, es la fuente más detallada, fidedigna y creíble, que se ha hecho pública sobre el programa que llevan adelante los israelíes.
Desgraciadamente para las mentiras dichas por los primeros ministros de Israel y para sus “tapaderas” cuyo único propósito era el de confundir y engañar a la opinión pública mundial, las fotografías de Vanunu cubrieron casi todas las instalaciones de Dimona, mostrando la producción de plutonio, las esferas de plutonio usadas en cabezas nucleares y también de otros componentes de bombas nucleares. Esa información compartida por este sujeto, develó que Israel podría tener en la actualidad hasta 200 cabezas nucleares, incluidas bombas de neutrones.
Pero Mordechai no quedaría impune para los judíos, quienes lo secuestraron (según es costumbre de los judíos, como hicieron con Adolf Eichmann en Argentina, a inicios de los años 60), mientras permanecía en Italia, lo sedaron primero y lo llevaron encadenado hasta Israel. Una corte, en secreto, lo juzgó por los cargos de espionaje y le condenaron a 18 años de prisión. En la primavera del 2004, Vanunu salió finalmente de la cárcel, pero no se le entregó el pasaporte; y fue arrestado nuevamente en noviembre de ese mismo año, acusado de nuevos cargos por violar los términos de su libertad y fue liberado, empero, pocos días más tarde.
Luego del secuestro de este oscuro personaje, en octubre de 1986, el diario británico The Times publicó que Israel tenía material suficiente para construir aproximadamente 20 bombas de hidrógeno o termonucleares; y 200 bombas de fisión o nucleares. Y el Carnegie Endowment for International Peace, informó que los israelíes disponían, en el 2007, de entre 100 y 170 cabezas nucleares.
El teniente coronel Warner D. Farr, del ejército de los Estados Unidos de América, reveló que Israel disponía, en 1997, de más de 400 armas nucleares y termonucleares; y la revista Jane’s, especializada en el tema de Defensa, subrayó que, en el 2004, Israel tenía por lo menos 200 armas nucleares, posiblemente más que el Reino Unido. De acuerdo con esta misma revista, y con su artículo publicado en noviembre de 1994, las instalaciones nucleares israelíes son las siguientes: Soreq (diseño y prueba); Dimona (reactor nuclear y planta de procesamiento de plutonio); Yodefat (ensamblaje de las armas); y Kfar Zajariya (almacenamiento; es decir, donde están casi todas las bombas que aquí se producen y que los iraníes conocen y podrían destruir con sus misiles, si así lo decidieran).
En lo que se refiere a Dimona propiamente, representa preocupación para las autoridades judías, ya que tiene más de 40 años de existencia; incluso, en el 2004, el gobierno de Tel Aviv distribuyó, sorpresivamente, tabletas anti-irradiación de yodo a miles de ciudadanos que viven en los alrededores. Tal la inseguridad que sienten acerca de esta central nuclear.
Conclusiones finales después de lo visto
Lo que ha quedado claro para todos los que han seguido los acontecimientos en el mundo entero, indica que la construcción de esta central nuclear en territorio israelí comenzó en 1958 y su agua pesada en el reactor nuclear entró en funcionamiento en algún momento entre 1962 y 1964.
El gobierno de Israel sigue insistiendo en que el reactor nuclear y la instalación de investigación tienen “fines generales de investigación en ciencia atómica”; aunque la verdad que subyace y se mantiene en silencio, argumenta que el reactor en cuestión ha estado involucrado en la producción de materiales nucleares para su uso en el programa de armas, mismas que fueron creadas en 1967 por primera vez. De tal manera, el reactor no es una central eléctrica civil y por lo tanto, no envía electricidad a la red que abastece a ciudades y fábricas que en este país existen. Llama también la atención que la información sobre estas instalaciones en el desierto del Néguev, sigue siendo clasificada muy alta y el gobierno mantiene una política conocida como “ambigüedad estratégica”; es decir, se niegan a confirmar o negar su posesión.
Sobre Dimona el espacio aéreo está cerrado a todas las aeronaves posibles y el área que rodea a esta planta nuclear está fuertemente custodiada y vallada; y en agosto del 2018, se le cambió el nombre en honor al fallecido presidente y primer ministro de Israel, Shimón Peres. Fue este mismo dignatario israelí quien dilucidó el tema del costo económico de Dimona, cuando publicó sus Memorias en 1995. Afirmó que él y David Ben Gurión recaudaron US$40 millones que equivalían a “la mitad del precio de un reactor… (ese dinero provino) de los amigos de Israel en todo el mundo.” Con base en esta cifra, se puede concluir que el costo total de la construcción fue de alrededor de US$80 millones, de acuerdo a los precios que prevalecían en aquella época cuando se puso “la primera piedra” o el arranque de la edificación. Se cree que lo más probable fue que el ejército judío tuvo sus primeras armas nucleares listas antes de la Guerra de los Seis Días, librada contra sus enemigos árabes más cercanos.
Imágenes satelitales del 2021, develaron que el complejo estaba experimentando una importante expansión; y la nueva construcción comenzó a finales del 2018 o principios del 2019, con una extensión de 140 metros por 50 metros, en las inmediaciones del reactor nuclear y de la planta de reprocesamiento.
Así mismo, se cree que la producción a gran escala de ojivas nucleares comenzó en 1966 y un año después, Israel poseía hasta 13 ojivas nucleares operativas.
Pero de lo que sí hay certeza es “el secreto a voces” que señala que Israel posee armas nucleares propias que se remontan a la década de 1969; de hecho, Israel es el único Estado de Oriente Próximo con armas nucleares”, según confesó a la prensa británica Xavier Bohigas, doctor en Física e investigador del Centro Delás d’Estudis per la Pau, una entidad independiente de análisis de paz, seguridad, defensa y armamentismo, quien además aseguró que Irán tiene en estos momentos, uranio enriquecido al 60 por ciento de pureza; pero “para construir una bomba nuclear tiene que estar enriquecido por encima del 90 por ciento.” Con la inmensa diferencia de que los iraníes sí firmaron el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), y se ha sometido constantemente a las inspecciones periódicas que la ONU hace en sus laboratorios. Israel, ni una cosa ni la otra. Es decir, no firma el Tratado y no permite que inspectores arriben a Dimona, ni a 100 kilómetros de distancia.
En el caso de que utilicemos Google Maps, veremos que nos permite observar que a unos 10 kilómetros de la ciudad de Dimona, se sitúa el Centro de Investigación Nuclear del Néguev, en pleno desierto. En un principio, se detalló que el complejo era una planta textil, un lugar para realizar investigaciones metalúrgicas y un complejo agrícola. Todo esto falso, desde luego. Sin embargo, en contraposición, en la década de los años 60, David Ben Gurión, entonces primer ministro judío, se refirió por primera y única vez a lo que existe en Dimona: en un discurso ante el parlamento israelí, el Knéset, manifestó –también mintiendo-, que el centro de investigaciones nucleares tenía “fines pacíficos.” Hoy sabemos que no es así.
Reafirmado todo lo anterior en este extenso reportaje, nos remitimos, para finalizar, a lo expresado por Xavier Bohigas: “Es preocupante que cualquier Estado adquiera y tenga armas nucleares por el peligro que conlleva tenerlas. Se hace extraordinariamente preocupante que Israel, que ha incumplido resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ha despreciado el Derecho Internacional y el Derecho Internacional Humanitario, y que tenga armas nucleares y que ningún otro país sea capaz de frenarlo, reducir esta situación y reconducirla.” Es decir, el Estado hebreo se ha posicionado más allá de las leyes humanas y Divinas, arguyendo que no quiere que su pueblo sufra otro “holocausto”, como el infligido por los nazis en la Europa de los años 40; y su derecho natural de defenderse les provoca la violencia que les vemos a diario contra todos sus vecinos y bajo cualquier motivo que puedan argumentar. Es por ello, por esa actitud siempre “a la defensiva” que los israelíes han provocado la masacre en la Franja de Gaza, durante todo el año pasado (2025), y siguen usando esa fuerza homicida, fuera de todo contexto, contra naciones como el Líbano e Irán mismo.
En cuanto a este último país, tiene las espaldas aseguradas por Pakistán, cuyo gobierno amenazó al de Israel de esta manera: “Si ustedes lanzan una bomba atómica a Irán, nosotros lo haremos con ustedes.” Además, como expresamos al inicio de este reportaje, los misiles hipersónicos iraníes, que no los ha producido todavía los Estados Unidos, son imposibles de ser detectados y mucho menos destruidos por los sistemas de defensa hebreos y podrían ser lanzados contra Dimona, específicamente contra Kfar Zajariya, que es el almacén donde están las bombas atómicas de Israel, con las consecuencias fatalistas en un territorio tan pequeño, tan densamente poblado y en las que resultarían perjudicadas otras naciones limítrofes, como Palestina y demás. Ciertamente, los iraníes no querrán, por principios morales y por la humanidad que les conocemos, ser los causantes de tantos millones de muertos por la hiper-radiación nuclear.
Y otro detalle cierto en Irán, en sus líderes: cuando amenazan con algo tan certero y relativamente fácil para ellos, como volar en mil pedazos Dimona, es porque no lo harán… Ya lo han demostrado a lo largo de estos enfrentamientos bélicos que han sostenido y que podrían incluir el asesinato de Benjamín Netanyahu, el carnicero judío.
Pero la pregunta preocupante es: ¿Al ver los israelíes cómo los iraníes borran del mapa a Tel Aviv, Jerusalén y Haifa, se resistirán a lanzarles la bomba atómica? Si fuese por Netanyahu, este asesino ya lo hubiera hecho. Lo mismo si fuera por Donald Trump, ambos aliados en su deseo de exterminar al mundo musulmán al completo. Pero la pregunta queda en el aire…
